lunes 1 de diciembre de 2008

SOL NEGRO


(ESCRITO PARA EL NÚMERO 4 DE LA REVISTA ROOM. ESTA ES LA VERSIÓN ÍNTEGRA)

 

“Cuando la gente calla, las piedras hablan”

Heinrich Himmler

 

 

 

Diciembre de 1938 es para siempre.

El tiempo del monumento es la eternidad. Los Imperios no tienen memoria retrospectiva, sino prospectiva: sus recuerdos están en el futuro. Mil años, diez mil. Las edades de la piedra. El arquitecto como geólogo de sí mismo. Hitler como arqueólogo del futuro.

En la base de la arquitectura nazi se encuentra la Teoría del Valor de las Ruinas [Ruinenwerttheorie],  postulada por Albert Speer en 1934. La teoría anima a diseñar los edificios de manera que si se terminan desplomando, dejen ruinas hermosas durante milenios. Ruinas planificadas. Memoria prospectiva. En las Montañas de Yucca (Nevada), se está construyendo hoy en día un depósito de residuos radiactivos diseñado para durar diez mil años, con letreros de advertencia para los habitantes del planeta de dentro de diez milenios. Por si nuestro Imperio deja de existir.

En sus Memorias (1969), Albert Speer lo explica así:

“Usando materiales especiales y aplicando ciertos principios de la física estática, tendríamos que poder construir estructuras que aun en estado de descomposición, después de miles de años, siguieran pareciéndose a las ruinas romanas. Para ilustrar mis ideas preparé un dibujo romántico. Mostraba el aspecto que tendría la tribuna de espectadores [Haupttribüne] del Zeppelinfeld después de generaciones enteras de abandono: cubierto de hiedras, con las columnas caídas, las paredes desplomadas aquí y allá, y sin embargo su silueta seguía siendo reconocible. [Hitler] dio orden de que en el futuro los edificios importantes de su Reich fueran construidos de acuerdo con los principios de aquella “ley de las ruinas” [Ruinengesetz]. Para esto debíamos evitar en la medida de lo posible los elementos de la construcción moderna como las vigas de acero y el cemento armado, que son vulnerables a la erosión. Pese a su alturas, las paredes estaban pensadas para soportar el impacto del viento aun en el caso de que los tejados ya no las sostuvieran”.

Diciembre de 1938 es para siempre. En 1941, la Eternidad será interrumpida. La construcción de la Welthauptstadt Germania se detendrá. Morirán antes de nacer la Prachtstrasse y el Volkshalle, las Maravillas Inmortales de la Capital del Mundo. Pero en diciembre de 1938, todo es para siempre. Albert Speer ya está terminando la Nueva Cancillería, un mes antes del plazo propuesto por el Führer. El mes pasado, doscientas sinagogas fueron destruidas y treinta mil judíos detenidos en la Reichspogromnacht. La decadencia cae bajo las botas. El tiempo cae bajo las botas. La edad del mundo es la Edad de la Piedra.

En la más famosa de sus fotografías juntos, Ernst Sagebiel y Hermann Göring están de pie frente a la maqueta del Aeropuerto de Tempelhof. En compañía de una veintena de miembros del Partido, las SA, la Luftwaffe y las SS. Göring está señalando con su vara un detalle de la maqueta. Sagebiel escucha sus comentarios, con los ojos cerrados, el semblante serio. La parte de la maqueta que se ve en la fotografía incluye la entrada monumental, el vestíbulo colosal de la terminal de pasajeros y un pequeño sector del cuadrante de un kilómetro de largo. Sagebiel y Göring. El primero: bajo y fuerte, mandíbula ancha y frente enorme, la viva imagen de la sobriedad y la reciedumbre. El segundo: alto y hermoso, rasgos delicados y mirada gris, orgullo y desafío, rostro de águila. El profesor silencioso y el aviador sanguinario. La Tierra y el Aire.

Sagebiel y Göring. Una sociedad improbable. En 1936, después de construir numerosos aeródromos y cuarteles de la Luftwaffe, Sagebiel termina para Göring el Ministerio de Aviación  [Reichsluftfahrtministerium]. 250 metros de fachada en la Wilhelmstrasse, el mayor edificio de oficinas del mundo. Caliza y mármol travertino. Los edificios de Sagebiel son severos y lineales, desnudos de toda la pompa dórica y el romanticismo de Speer. Líneas rectas y reciedumbre. Escalas colosales. Una severidad que mete el miedo en el cuerpo. Intuiciones de eventos terribles por venir. Memoria prospectiva de la piedra.

El mismo año de 1936, Sagebiel y Göring empiezan las obras del Aeropuerto de Tempelhof. La Puerta del Aire de Germania.

Tempelhof considerado como Thingplatz. Los Thingplätze como modernos megalitos. Centros de reunión al aire libre, reconstruidos en los lugares sagrados de los antiguos germanos. En los enclaves de sus círculos de piedras y sus ruinas sagradas. El Aeropuerto de Tempelhof se levanta sobre el antiguo Tempelhove, un centro de mando [Komturhof] de los Templarios del Siglo XIII. El centro de Tempelhove era una iglesia construida sobre antiguos cementerios paganos, fortificada y completamente rodeada de agua.

El Aeropuerto de Tempelhof es un lugar sagrado. Un centro de energías sagradas. Construido sobre agua y limo, su material principal es la caliza de concha: piedra sedimentaria originada en el esqueleto cálcico de moluscos marinos, encontrada en las aguas superficiales de mares y lagos. Su planta simétrica imita la figura de un águila con las alas desplegadas. El cuadrante de una milla donde se encuentran los hangares y las puertas de embarque traza la curva de las alas. La terminal de pasajeros es el cuerpo. Las dos alas de oficinas, donde estuvo durante décadas la sede de Lufthansa, son las dos patas. El vestíbulo de pasajeros, fabulosamente luminoso y de líneas simples, es su corazón. Dentro de sus instalaciones, entre las pistas y las terminales, hay dos cementerios. Por tanto: agua y aire y tierra. El fuego es la combustión de los motores a reacción de los aviones. De los quemadores de los Zeppelines. Son las llamas de los pebeteros que iluminan de noche las águilas y los estandartes. Y es, principalmente, el color de la caliza de concha. Un ocre septentrional y telúrico, completamente extraño en esta latitud, que se vuelve dorado bajo la iluminación nocturna y de un tono amoratado y mortuorio en los días encapotados. El águila de piedra de Tempelhof. Flotando en pantanos primordiales. Regados con sangre milenaria.

Diciembre de 1938 es para siempre. El para siempre congelado de la Welthauptstadt Germania. Del Olympiastadion y del Zeppelinfeld. De Zentralflughafen Tempelhof. Diciembre de 1938 es también el apogeo glorioso del aeropuerto: más de cien vuelos diarios, rodando desde las pistas hasta el gigantesco dosel colgante de sus hangares, entrando bajo sus arcos titánicos. Con los pasajeros mirando a través de las ventanillas salpicadas de lluvia.

Berlín como la ciudad que flota sobre las ciénagas. Procedente de la raíz polabia Berl, que quiere decir ciénaga. Durante la planificación de la Welhaupstadt Germania, se construyó un edificio-pesa, el Schwerbelastungkörper, un cilindro de cemento de 18 metros de altura y trece mil toneladas, con la intención de comprobar si el suelo pantanoso resistiría el peso de los colosales edificios de piedra y mármol que constituirían la capital del mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial, el edificio-pesa no se pudo destruir con explosivos, de manera que sigue ahí, al norte del distrito de Tempelhof, abandonado en medio de un solar. Titánico y magnífico, el Schwerbelastungkörper es la más hermosa metáfora del nazismo, y uno de los edificios más bellos que se han construido nunca. En el para siempre congelado de antes de que cayera el sueño prospectivo, una pesa para comprobar si la Tierra resistiría el paso de los gigantes.

La segunda fotografía más famosa de Ernst Sagebiel lo muestra cruzado de brazos, pensativo, nuevamente con esa cara de preocupación que parece presagiar algo terrible, en medio de la construcción de su aeropuerto. Por detrás de su cabeza se aprecian las grúas y los montones de arena de las excavaciones. Y justo por encima, la curva legendaria del cuadrante de los hangares de Tempelhof, el dosel de sus alas abiertas, que en los planos originales iba a estar rematado por tribunas y gradas para contemplar exhibiciones aéreas. Su mirada, sin embargo, no está dirigida a ninguno de los elementos de la foto ni a las personas que lo acompañan. Está fuera de la foto. Está fuera del tiempo. La misma ausencia parece acompañarlo en todos sus retratos.

En 1941 la Eternidad será interrumpida. El Sol Negro, esa fuente de energía mística capaz de regenerar la raza aria, borboteará y se apagará, al mismo tiempo que arde el castillo de Wewelsburg. La luz no volverá a ser la misma. La luz oscura e irreal que ilumina los retratos de Göring y que muestra fantasmas terribles a Sagebiel. La luz que arranca destellos dorados de las paredes de Tempelhof.

Presente y futuro intercambiarán sus papeles. Y las ruinas, majestuosas en su porvenir cubierto de hiedras, dejarán de haber existido.

 

sábado 15 de noviembre de 2008

DESOLLAMIENTO


"Martirio de San Sabino y San Cipriano" (Anón., S.XII), mural de la iglesia de Saint-Savin-sur-Gartempe, abadía románica de los siglos XI y XII en el departamento francés de la Vienne.

DOS POEMAS DE MANUEL VILAS


LOS CHICOS ESTÁN BIEN

(5 de Enero de 2007)

 

 

El 5 de enero me fui a Barcelona, desde Barbastro, donde estaba helando. En Barcelona no sólo no helaba, sino que me di un baño en la Barceloneta, porque había 17 grados a la una del mediodía. Adoro Barcelona. Me gusta su luz y siempre hace calor. Un chico negro se bañó a mi lado. Siempre que hago algo memorable miro a mi lado y hay un chico negro o un chico chino. Nos reímos juntos entre las olas. Me había olvidado del bañador. Ninguno tenía frío. Ninguno tenía bañador. Desnudos entre las olas, nadando y olvidando el frío. Luego me comí un arroz caldoso con Bogavante y me bebí una botella de Miserere y ya me fui a comprar cedés de los Who, que es lo que más me gusta: encontrar cedés y deuvedés y libros de los Who y comprarlo todo. Todas las versiones de "The Kids Are Alright", esa canción siempre. Barcelona parecía la Quinta Avenida. A doscientos kilómetros de la Quinta Avenida hay pueblos aragoneses llenos de niebla, llenos de nadie. Qué contraste. Qué salvajada. España es así, pero a mí ya qué puede importarme eso, porque yo estoy bien, sí, yo estoy OK. La verdad es que nos va muy OK.  Siempre fui inocente. Soy inocencia. Tengo suerte. Mis chicos tienen suerte. Mis chicos son dichosos. Mis chicos negros están bien, comen y aman todos los días y no votan cada cuatro años  porque no creen en esto. Respiran, viven y mueren y eso es todo. Este 2007 es bueno, sí, ya lo está siendo. Si quieres puedes bailar con mi chica, no me importa. Quédatela. Tened hijos, casaos, fundad una casa, una empresa, sed dichosos. ¿Cómo va importarme que hagas el amor con mi chica si ella es feliz y tú eres bueno? Ningún problema en eso. No quiero leyes. Mis chicos chinos también están bien. Trabajan duro y sonríen por nada. Van en sus motos rojas recorriendo la ciudad, con el arroz tres delicias metido en envases de plástico. Sus sueldos son miseria, pero ellos están bien, porque la vida es así. La vida está bien. La vida siempre estuvo OK.  Y a mí me gustan esas motos, llenas de ruidos. Y también me gusta el vino tinto caro, "expensive red wine" dice la canción. Bueno, es mi manera de desearte un feliz 2007. Quiero besarte. Quiero quedar contigo a las tres de la tarde, pronto, pronto, y estar contigo paseando por el mundo hasta las seis de la madrugada, tarde, tarde. Quiero casarme contigo y que vengan a la boda todos los chicos, porque esos chicos son buenos. No me he ido todavía. Es 2007 y no me he ido. No me pienso ir. Creo que no me moriré nunca, de verdad, tío, nunca. Mira a mis chicos, ellos están bien. Las campanas están sonando, hay una fiesta en alguna parte. Después de beber y de bailar, sí, tío, nos bañaremos y veremos la salida del sol. Nadaremos hasta allá lejos, y no moriremos ahogados, porque somos buenos, somos chicos buenos. No puedo perderme ni una sola fiesta. No les des a mis chicos trabajos que desesperan y hunden. No les des a mis chicos urnas con vuestro nombre dentro. No te metas en la vida de mis chicos,  porque ya suenan todas las campanas del futuro.

 

(De “Calor”, Madrid, Visor, 2008).

 

 

BARCELONA

 

Salí de la habitación del hotel pensando que en cualquier momento me caería muerto. Pero qué bonita estaba Barcelona. Y yo no tenía nada que hacer en toda la mañana. Sólo los pobres, los emigrantes, los vagabundos, los fantasmas, los viudos, y yo, no tenemos absolutamente nada que hacer. Es un paro perpetuo. Pero la vida es un paro perpetuo. Y comencé a dar vueltas por las calles como una bestia enamorada del aire. Del aire y del espíritu de las cosas, de la pereza y de la luz que alumbra este mundo y  entra en mis ojos. Me tomé un café con leche y un bollo, y había una chica a mi lado que enseñaba la pierna casi hasta la nalga. Luego paseé por las Ramblas. Llevaba sus piernas en la cabeza. Qué llevan las malas bestias en la cabeza, sino oscuros cofres con mísera ceniza humana.

Miraba tiendas. Tiendas con relojes antiguos, de segunda mano, pero muy caros. Tiendas de discos de vinilo. Viejos discos que yo recordaba perfectamente.  Y todo cuanto veía era falso.  Portadas de álbumes de los setenta. Un disco de Joe Cocker, que me trajo el pasado y me lo puso delante de los ojos. La falsedad bailaba en mi cabeza, esa cabeza mía tan enferma, tan necesitada de drogas, y tan víctima de las drogas, ese enorme dolor de cabeza que acaba en sufrimiento, en dolor grande y vencedor. Dolor que hace de mí una víctima, que me reduce a esclavo, a remolinos sofocantes de fracasos enracimados, abrazados. Como si llevase encima la nada de las cosas, la soledad de todas mis arterias y de todos mis malos nervios.  La ciudad entera ha muerto ya, o más bien nunca estuvo viva. Todas las ciudades son una broma de Dios. Una broma de suciedad y viento. Sucias estaban las calles, y sucias estaban mis manos. Entré en el lavabo para lavarme las manos con ese jabón barato y pegajoso de los bares y allí un negro me clavó un cuchillo en la garganta. Me senté a desangrarme, y noté humedad en el culo. Me había sentado en un charco. Y seguía sangrando. Pero aún quise salir a la calle otra vez. Pero me dolía tanto el cuello y el negro no hacía más que reír, monstruosamente. Era mi ángel de la guarda aquel enorme negro de casi dos metros de altura. Me acarició el pelo y no dejó que entrase nadie en el lavabo. “Es bonita Barcelona”, dijo. Y añadió “unos antepasados tuyos, ya sabes que yo lo sé todo, eran de aquí, vivían en la calle del Hospital, en un cuarto piso, hace ciento cincuenta años, vivían mal y pasaban hambre, les gustaba el mar, ir al mar los domingos, pero se murieron y luego tiraron la casa, ya veo que sigues sangrando mucho”. Fue a buscar una croqueta a la barra y luego vino otra vez. Tenía hambre, dijo. Y se comió la croqueta con mucho gusto.

 

(De “Zeta”, DVD Ediciones, 2002).

 

 

 

domingo 12 de octubre de 2008

OLVIDAR A LA MAGA


Un vórtice de magia blanca

El culto a los santos, en el periodo que va desde las persecuciones de Nerón hasta que Constantino tolera el cristianismo en el 313, es un vórtice de magia blanca. Un espacio cargado de energía, entre el anquilosamiento de la religión romana y la transformación del cristianismo en Imperio y Máquina Milenaria de Sufrimiento. Los magos de este periodo son más poderosos de lo que nunca han sido y de lo que nunca serán. Sus poderes son dignos de divinidades locales, y están fuertemente asociados a los lugares de sus martirios y sus milagros. Faltan muchos siglos para que los santos formen parte de un canon universal. En el paleocristianismo, heredero de las estructuras espirituales paganas, un santo es una divinidad local. Y en Barcelona, ninguno de los santos paleocristianos locales fue tan poderoso ni obró tantos prodigios como Santa Eulalia, una figura que siempre estuvo asociada a la ciudad, como patrona, protectora y líder espiritual, hasta que en 1687 el patronazgo fue transferido a la Mare de Déu de la Mercè como resultado de una plaga de langosta. Desde entonces, desde la entrada en la Edad Moderna, Barcelona se ha dedicado a olvidar a su Maga, a sepultar su recuerdo. Ello después de que su gran Acto Mágico cargara la tierra de energía táumica e imbuyera la ciudad de un nuevo poder de resistencia.

Los testimonios sobre la vida de Santa Eulalia de Barcelona son antiquísimos. El primero que se conoce es el himno latino en versos trocaicos Fulget hic honor sepulcro (circa 656 dC), obra de Sant Quirze, que fue abad de Santa Eulalia del Camp y más tarde obispo de Barcelona y arzobispo de Toledo. El himno se transmitió en la Iglesia Visigoda y a través de la liturgia mozárabe[1]. De acuerdo con las fuentes, fue el prefecto Daciano quien sometió a martirio a Santa Eulalia al llegar a Barcelona en 303 ejecutando los edictos de persecución de Diocleciano. Eulalia era una niña, de familia noble y cristiana, nacida en las afueras, en una quinta en el llamado Desert de Sarriá. De acuerdo con la tradición, su martirio, el día segundo de los idus de febrero, tuvo tres fases. En la primera le desgarraron la carne con garfios y le arrancaron las uñas. La metieron en un tonel lleno de cristales y la lanzaron rodando por la calle que hoy se llama Baixada de Santa Eulàlia. En el mismo lugar todavía hay una escultura policromada de la santa en una vitrina, allí donde fue arrojada trece veces dentro del tonel. La imagen está representada con el pie sobre un tonel por esa razón.

La niña soportó los martirios sin inmutarse y se negó a abjurar de su fe. A continuación la ataron al potro y le aplicaron brasas y fuego, pero sus poderes hicieron que las llamas se apartaran de su cuerpo y quemaran en cambio a los verdugos. Por fin Daciano ordenó que la clavaran desnuda a una cruz en forma de X. En la cruz tuvo lugar el más famoso de sus milagros: ya muerta, la dejaron crucificada y desnuda para que se la comieran las aves. Sin embargo, para ocultar su desnudez, su cabello creció mágicamente y una nevada milagrosa cayó sobre la ciudad, cubriendo el cuerpo de la niña. Al cabo de tres días en la cruz, unos cristianos la descolgaron y la enterraron en el sitio donde sus restos pasarían cinco siglos, bajo la actual iglesia de Santa María del Mar.

Tiene fundamento suponer que el culto a la maga empezó en su tumba junto al mar. Como es sabido, los mártires fueron los primeros a quienes las comunidades paleocristianas reconocieron como santos y cuyas reliquias veneraron. De hecho, el mundo paleocristiano, el término “santo” equivale a mártir. Las muertes de los mártires eran espectaculares despliegues de magia, con sus historias fabulosas de resistencia a los tormentos, resistencia que era resultado de la virtus del mártir. Virtus es un término dual, que se refiere tanto a las acciones sagradas de la vida del mártir como a los milagros que obraba después de su muerte. Una de sus traducciones es “virtud”, pero otra muy clara es “poder”. Y es que la magia de un santo mártir no terminaba con su muerte. Al contrario: en calidad de residentes de la corte divina, los poderes póstumos de los santos eran, en todo caso, más impresionantes y útiles todavía, porque podían presentar peticiones de parte de los vivos a Dios a fin de ganar el favor para ellos en la corte divina. Desde el principio del culto, los paleocristianos ya les habían rezado a los muertos para que intercedieran por ellos, y esas oraciones pronto se extendieron a los santos[2]. Enseguida, la intercesión de los santos empezó a buscarse mas que la del resto de muertos, y así es como empezó el culto a los mártires. Los vivos los adoraban haciéndoles peticiones, que equivalían a conjuros o invocaciones. Su poder tras la muerte se multiplicaba.

Era a través de las reliquias que los cristianos vivos podían invocar al mártir muerto, que ahora residía en el Paraíso. Los fieles recogían los cadáveres de los mártires acabado el martirio y los sepultaban en un lugar especial, normalmente en tumbas secretas extramuros. Esta práctica ya está documentada en el siglo II dC, con el martirio en Esmirna del primer mártir conocido, un discípulo de San Juan Evangelista y obispo paleocristiano llamado San Policarpo. Las Actas del Martirio de San Policarpo, fechadas en el año 156, ya registran la preservación del cadáver del mártir como reliquia y la celebración del día de su muerte como festividad. La tumba del mártir cargaba el suelo de poder espiritual, lo fertilizaba con su magia. El cuerpo se transformaba en reliquia. La tumba se convertía en locus sagrado. Después los fieles conmemoraban alrededor de su tumba el día del martirio o de su muerte y allí celebraban la Eucaristía, que adoptaba la forma de una fiesta alegre y triunfal.

Fue durante la clandestinidad del cristianismo cuando las reliquias de los mártires parecieron tener su etapa de mayor poder mágico. La muerte del santo generaba un culto improvisado en el lugar del martirio y del entierro de las reliquias. El culto evolucionó lentamente: primero se empezó a levantar la mesa del altar encima de la tumba del mártir, ya que ésta cargaba el altar con su poder. Con el tiempo, empezaron a aparecer pequeñas capillas encima de las tumbas, como había sucedido con la tumba de Pedro en la colina del Vaticano, cerca de Roma. Las eucaristías eran pequeñas, lideradas por los obispos paleocristianos, normalmente una vez al año. La invocación anual al santo era local, y extraía su poder de la tierra fecundada con los huesos.

Los últimos años de la persecución del cristianismo llenaron Catalunya de Mártires para el culto. Bajo el imperio de Valeriano fue martirizado Sant Fructuós de Tarragona (259 dC), mientras que bajo Diocleciano, además de Santa Eulàlia, padecieron martirios Sant Feliu y Sant Germà de Girona, Sant Medir y Sant Sever, entre otros. En el 304, durante el mismo periodo que Daciano pasó en Barcelona, fue martirizado en las afueras de la ciudad otro gran mago, Sant Cugat. De origen africano, Cugat llegó a la Península en busca de martirio y fue hecho preso en el camino que iba de Barcino a Egara. En la cárcel fue entregado al prefecto Galerio para que lo torturaran. Los verdugos perdieron la vista y el prefecto murió, mientras que Cugat fue mágicamente curado de sus heridas. El nuevo prefecto, Maximiano, ordenó crueles tormentos que no tuvieron efecto, mientras que él moría presa de las llamas. Por fin el tercer prefecto, Rufo, escarmentado por sus predecesores, no aplicó tormento al mártir, sino que lo hizo degollar. El martirio tuvo lugar en el campamento militar llamado Castrum Octavianum, donde hoy se levanta el Monestir de Sant Cugat.

Muchas cosas cambiaron, por supuesto, cuando el cristianismo se convirtió en religión imperial. En un primer momento, con el Edicto de Milán (313) que reconocía oficialmente el cristianismo, el culto público de los santos obtuvo aceptación plena y empezó a crecer de verdad. En el curso del Siglo IV, se construyeron iglesias de gran tamaño en las capillas de muchos mártires. Aquí, igual que en otros aspectos de la cristiandad, el recién convertido emperador Constantino se puso en cabeza, al construir una influyente iglesia sobre la tumba de Pedro en Roma. Esas capillas, principalmente construidas fuera de las murallas de las ciudades, se convirtieron en parte clave de la topografía urbana del imperio romano tardío[3]. La veneración pública de las reliquias creció en importancia y en alcance geográfico durante las últimas décadas del siglo IV y las primeras del V, sobre todo bajo el ímpetu de Ambrosio de Milán (397-). Sin embargo, junto con la aceptación del culto a los santos, empezó también su decadencia. A finales del siglo IV dC, Agustín de Hipona ya advirtió en contra de dicho culto: “Cuando hacemos nuestras ofrendas en los altares, es a Dios a quien se las hacemos. Los mártires tienen su lugar de honor […], pero no serán adorados en lugar de Cristo”.

Ciertos aspectos del culto a las reliquias empezaron muy pronto a provocar incomodidad en la iglesia. Durante la Antigüedad y la Alta Edad Media, la religión de los santos era demasiado local, libre y tenía demasiados vínculos con el paganismo y la magia. Así fue como se inició el proceso que culminaría en el control papal de la canonización de los santos y la construcción de un canon unificado de santos. En el siglo VIII, Carlomagno ordenó que los “falsos nombres de los mártires y los memoriales inciertos de santos dejaran de venerarse”. De esta forma se inauguró la costumbre de que los obispos controlaran la práctica de la veneración de reliquias dentro de sus diócesis. En la Edad Media tardía, el papado usurpó lentamente parte de esta autoridad, en particular mediante la práctica de canonizar nuevos santos a través de la emisión de una bula papal. Hacia el siglo X se decidió que los santos tenían que ser autorizados y nombrados solamente desde Roma. La primera canonización formal fue la de San Uldarico, Obispo de Augusta, hecha por el Papa Juan XV en 993. En el 1234 Gregorio IX publicó normas estrictas para el proceso de canonización, con el fin de evitar exageraciones y errores. A partir de entonces ese proceso se haría a través de un procedimiento legal a manera de juicio, en donde participaban abogados, oficinistas y oficiales que deberían demostrar si la persona merecía o no el título de santo.

Así pues, cuando a finales del Siglo IX las reliquias de Santa Eulalia vivieron su célebre traslado desde su tumba original hasta la Catedral, donde serían objeto de una nueva y grandiosa sepultura, el culto a la santa ya se había desvirtuado en cierta manera. Aunque ni sus poderes ni su culto habían dejado de ser fuertes, ni tampoco el vínculo entre Santa Eulalia y la ciudad. Fue en el año 878 cuando los restos de Santa Eulalia fueron exhumados por el obispo Frodoí de debajo la iglesia de las Arenas, una basílica rodeada de una gran necrópolis construida sobre un templo paleocristiano anterior con tumbas del siglo IV. En torno a una de dichas tumbas era donde se había adorado originalmente a Santa Eulalia, bajo la actual iglesia de Santa María del Mar. Otro centro de energía. Allí era donde los paleocristianos habían celebrado sus eucaristías a la maga, le habían rendido ofrendas para que ella las disfrutara en el submundo y habían celebrado su pronta resurrección. Frodoí exhumó el cadáver de la santa, milagrosamente incorrupto, y llevó a cabo el Primer Traslado de sus reliquias, a la Catedral, donde fueron guardadas en un sepulcro y expuestas para el culto de los feligreses.

El Traslado del año 878 es célebre porque en medio del mismo tuvo lugar un milagro que se conmemoraría durante muchos siglos. Cuando el séquito de las reliquias estaba siendo trasladado en procesión desde la Iglesia de las Arenas hasta la Catedral, llegó cerca del Portal de la Ciutat o de l’Àngel (donde hoy está la Plaça de l’Àngel) , por la llamada Baixada de la Presó (la actual Baixada de la Llibreteria), y allí la urna donde estaba el cadáver de la santa se quedó quieta y no hubo manera de moverla ni con la fuerza de veinte mulas. Ante el milagro, el obispo y el pueblo se pusieron a rezar. Entonces se vio que le faltaba un dedo al cuerpo de la santa, y en ese momento apareció un ángel y acusó a uno de los canónigos de la Catedral de haberlo robado. Y hasta que el canónigo culpable no devolvió el dedo robado, no hubo manera de que el cadáver se volviera a mover. Una vez solucionado el incidente, las reliquias se pudieron llevar por fin a la Catedral.

El milagro del dedo robado sería recordado por toda una serie de monumentos hoy desaparecidos. Tras ser sepultada la santa en la catedral, la Ciudad erigió una piedra enorme en el lugar del milagro, convertido en locus mágico. En 1456 se labró una imagen de Santa Eulalia sobre el arco que daba entrada a la Baixada de la Presó. En 1618, por último, la piedra memorial se sustituyó por una pirámide de mármol rematada por un ángel de bronce, rodeada de rejas de hierro, en el Portal de la Muralla, la actual Plaça de l’Àngel. El ángel, una figura andrógina sin alas esculpida por el artista Felip Ros, estaba señalando con un dedo extendido la imagen de Santa Eulalia que había en el arco de la Baixada. Las dos figuras fueron arrancadas de su lugar cuando el lugar se urbanizó en 1865, en el Trienio Liberal, para “facilitar la circulación”, y la de Santa Eulalia se perdió para siempre, mientras que la del ángel fue a parar al vecino Museu d’Història de la Ciutat. Hoy en día queda una copia de la estatua del ángel, hecha en la década de 1960, que se puede observar en un balcón de la Plaça de l’Àngel.

La cripta de Santa Eulalia de la Catedral, donde todavía hoy se conservan las reliquias, fue construida en el 1326, aunque los restos no se trasladaron allí hasta el 1339, lo cual supondría su Segundo Traslado. En el texto litúrgico en latín que expone el hallazgo de las reliquias solamente se habla de corpus de la santa, así como del dedo que el clérigo ladrón intentó robar. En este punto de la Historia, como es obvio, las reliquias de los santos ya no consistían necesariamente en su cadáver. También eran reliquias (más comúnmente) las partes más pequeñas del cuerpo que habían sido separadas de forma específica para su veneración. Las reliquias corporales más fragmentarias solían colocarse dentro de altares como parte del proceso de consagración de los mismos o bien se guardaban en relicarios, que podían estar en iglesias o bien los podía adquirir gente piadosa para el culto privado[4]. Las reliquias también incluían objetos que habían pertenecido al santo o habían sido usados por el mismo, como por ejemplo ropa, insignias oficiales o libros. También viales de agua que había lavado el cadáver, o incluso sangre exudada milagrosamente por un cadáver que llevaba ya largo tiempo muerto.

En el texto sobre el traslado de la reliquias de Santa Eulalia 1337 se habla de ossa corporis, y más concretamente se dice que, abierto el vaso de mármol, vieron en él ossa santísima tam integra quam fragmenta ossum in pulverem propter nimiam antiquitatem redacta, que colocaron en dos saquitos de lino. Luego, en 1339, a los mismos se les añadió otra reliquia que hasta entonces se conservaba en la sacristía mayor: quamdam particulam cincinni capitis corporis de la santa envuelta en un lienzo de lino y púrpura que añadieron al saquito de los huesos íntegros, poniendo los dos saquitos dentro de un tercero. Y de esta forma, el cuerpo de la santa, que estaba en dos saquitos, fue introducido el 10 de julio de 1339 en el sepulcro donde todavía hoy se encuentra, un impresionante sarcófago de alabastro con tallas de escenas del martirio de la santa, sostenido por ocho columnas corintias e iluminado por cuatro ángeles con lámparas. El sepulcro original del siglo IX, donde la santa había descansado cuatro siglos, todavía se conserva en la pared del fondo de la capilla.

Todavía existe constancia de una nueva exhumación de las reliquias, según un documento que se conserva en el Arxiu Històric de la ciudad redactado por Bartomeu Sallent, secretario real y notario público. El texto narra cómo un siglo después del traslado de las reliquias, el 8 de octubre de 1451, la reina Maria, esposa de Alfons El Magnànim, visitó la capilla de la cripta de Santa Eulalia y expresó su deseo de examinar en persona el estado de las reliquias. La reina iba acompañada de un numeroso séquito, que incluía al arzobispo de Tarragona, el obispo de Vic y numerosos caballeros, eclesiásticos y ciudadanos insignes. Según el documento, se abrió el sepulcro y en el interior se encontró una tumba pequeña de mármol de dos palmos y medio de largo por un palmo de altura, en cuya cubierta había la siguiente inscripción: “Hic requiescit corpus beate Eularie, barchinonensis virginia et martris Xti. Et quo in vasculo isto fui positum anno Incarnationis Domini Millesimo Tricentesimo Tricesimo Nono, sexto idus julii”. El documento hace constar que los huesos y las cenizas de la santa estaban envueltos en un paño de oro antiguo de colores diversos, roto, y que dichos huesos y cenizas fueron besados y olidos por la reina y muchos de los presentes, antes de ser devueltos a la tumba.

 

 

Escatología de los huesos

La significación de las reliquias en el periodo paleocristiano se tiene que contemplar desde una perspectiva escatológica. Los primeros cristianos creían que Jesús iba a ejecutar muy pronto su Gran Acto Mágico, la Parusía o Segunda Venida, probablemente en el decurso de unas pocas generaciones. Al regreso de Cristo le seguiría la resurrección de los muertos, centro de la religión paleocristiana,  y el  establecimiento del Reino de los Cielos en la tierra. Los paleocristianos, sin embargo, creían en la idea farisaica de que los muertos iban a resucitar físicamente. El día del Juicio todos los cuerpos humanos se ensamblarían de nuevo a partir de las piezas que los constituían. Bajo la tierra, los muertos esperaban la resurrección, en las llanuras del Hades. Entretanto, los vivos les rezaban[5]. Y el día en que Jesucristo regresara, los cuerpos se reensamblarían a partir de sus huesos y sus piezas, puesto que la carne era el vehículo de la resurrección, y saldrían reptando del suelo de los cementerios.

De nuevo nos encontramos con un precepto que la Iglesia Católica posterior cambió, influida por el platonismo de pensadores como Orígenes, según cuyas ideas solamente el alma era digna de perfección pero no el cuerpo. Sin embargo, la doctrina original de los apóstoles, y en gran medida del mismo Jesús, está muy clara. El mismo credo de los apóstoles dice credo in carnis resurrectionem [“creo en la resurrección de la carne”], un verso que hoy en día se traduce cínicamente por “creo en la resurrección de los muertos”. El mismo Jesucristo resucitado especifica en los Evangelios que la resurrección no es una resurrección espiritual: “Mirad mis manos y mis pies, que soy yo mismo; palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” [Lucas 24:39]. Y en la doctrina de los Padres Antenicenos, el precepto de la resurrección corporal está muy claro, hasta el punto de que el tratado De la resurrección de San Justino Mártir, que se ha conservado de forma fragmentaria, está dedicado exclusivamente a refutar la idea de la resurrección espiritual. “¿Y acaso Dios no será capaz de reunir de nuevo los miembros descompuestos de la carne, y construir el mismo cuerpo tal como Él mismo lo había producido antes?”, dice en su apología el santo mártir. Y más adelante: “En verdad Él también ha llamado a la carne a resucitar, y le promete la vida eterna. Porque cuando Él promete salvar al hombre, le esta dando la promesa a la carne. Porque, ¿qué es el hombre sino el animal compuesto de cuerpo y alma? ¿Es el alma por sí misma un hombre? No. […]. Él no ha llamado a una parte, sino al todo, que es el cuerpo y el alma”.

Por tanto, las reliquias corporales del santo no eran únicamente objetos que habían formado parte del santo, sino que continuaban siendo una parte esencial de su persona y formarían parte del cuerpo glorificado del santo después del Juicio Final. Vistos desde esta perspectiva, una tumba o un relicario no contenían simplemente huesos muertos. Rezar ante una reliquia era dirigirse a un miembro vivo de la corte divina. Las reliquias no era un simple símbolo  de un santo, sino más bien la presencia continuada de dicho santo en el mundo.

El tiempo paleocristiano es el tiempo de la escatología. Rezar para que se termine el mundo. Rezar y esperar a que los muertos salgan de sus tumbas. Y entretanto, mandar a los mejores hombres y mujeres al Hades. Construir un ejército de ultratumba, magos y santos, esperando bajo tierra. El universo no puede ser cambiado, pero para seguir con el plan, para mantener la estructura teleológica de las cosas, la sangre de los mártires debe ser derramada. Son ellos con sus muertes mágicas los que mantienen vivo el plan. Esta es la verdadera significación de las tumbas de los mártires como la de Santa Eulalia: el hecho de que son las casas de santos vivos, o tal vez muertos vivientes, cuyo poder se ha magnificado tras la muerte, y que aguardan junto con nosotros y con el resto de los muertos el día de la Parusía. Y ahí radica también la inmensa degradación que la Iglesia Católica ejerció sobre dichas tumbas, y también sobre el sentido mismo del culto: si solamente el espíritu está destinado a ascender a los cielos, entonces la tumba y los huesos no son más que una tumba y unos huesos, materia destinada a corromperse y desaparecer. Ya no es un locus mágico. El lugar es un simple lugar, desprovisto de significación. Y el vínculo de los hombres con el lugar se rompe. El altar consagrado con las reliquias queda en la práctica execrado.

 

 

El culto moderno a Santa Eulalia

Por todas estas razones, en la época moderna el culto a los santos carece obviamente de los rasgos que tenía en la Antigüedad y en la Edad Media. No solamente eso, sino que la Iglesia Católica se dedicó con eficacia a borrar todas sus huellas, sepultándolo bajo la doctrina oficial y transformando dicho culto en la moderna e inofensiva “devoción”. Las huellas del culto perduran únicamente en forma de las peticiones que los fieles hacen a los santos y a la virgen en las iglesias, con ayuda de los cirios votivos. Pese a ello, hay un momento histórico de intensa devoción moderna a Santa Eulalia en Barcelona, los siglos XVII y principios del XVIII, que coincide también con el momento de su desaparición. Desaparición en el sentido de caída en el olvido, como si la energía mística que rodeaba a la santa hubiera tenido un último repunte antes de extinguirse en la atmósfera laica del mundo moderno. Diversos eventos se conjuraron en este momento de la historia, entre ellos la cancelación del patronazgo oficial de la ciudad que detentaba Santa Eulalia y también la prohibición de los símbolos de la ciudad después de que ésta fuera conquistada en 1714.

Del siglo XVII datan la mayoría de representaciones modernas de la santa, y entre ellas la más importante de las que han perdurado, la pirámide de la Plaça del Pedró. De hecho, como es tradicional en la veneración de santos, este es el otro gran locus mágico asociado a la santa: si el primero es el sepulcro donde están las reliquias, el segundo es por fuerza en lugar del martirio. En el caso de Santa Eulalia, la crucifixión tuvo lugar extramuros, en medio del campo, en el lugar donde más tarde se levantaría el Hospital de Mesells de Santa Margarida, la leprosería medieval de la ciudad. El pedró que dio nombre a la plaza, un monumento o hito de piedra rematado por una cruz de hierro, se encontraba en la confluencia de la vía Morisca (actual Carrer del Carme) y el Camí del Llobregat (actual Carrer de l’Hospital), en un lugar cargado de energías tanáticas: allí estaba el Hospital de Mesells, lugar siniestro y evitado por los habitantes de la ciudad. Y lo que es más importante, allí había existido un patíbulo de alguna clase donde se había ejecutado la fase final del martirio de Santa Eulalia: su crucifixión, así como el más famoso de sus milagros: la nevada mágica que cubrió su desnudez. Precisamente ese martirio y ese milagro era lo que conmemoraba el pedró, situado dentro o delante de los terrenos de la leprosería.

Fue en 1673 cuando la cruz se reemplazó por el monumento que todavía hoy se puede ver en el Raval: una pirámide de mármol con base de piedra rematada por una estatua de la santa. El historiador y arqueólogo Agustí Duran i Sanpere menciona que en la época en que se colocó la estatua, la devoción a la patrona de la ciudad había conseguido una gran difusión. Se había iniciado una campaña muy activa para obtener de Roma la extensión del rezo y la festividad de Santa Eulalia, y con este objeto se publicaron memoriales largos y muy documentados. Durante sus primeros doce años, la escultura fue una provisional de madera. En 1685 se colocó la definitiva de mármol, obra del escultor Lluis Bonifaç. La imagen llevaba corona, cruz y palma de bronce a la plata, obras del platero Hilari Fornaguera. La pirámide de Santa Eulalia presidió la Plaça del Pedró sin más alteraciones hasta el 1826, más o menos, cuando la base de la misma se transformó en fuente pública por orden del capitán general marques del Campo Sagrado. El evento se hizo constatar en forma de inscripción lapidaria en el monumento.

A lo largo de su historia la estatua del Pedró fue objeto de muchos ataques, que dan fe por un lado de la popularidad de la santa, en el sentido de devoción popular, así como de la impopularidad de los símbolos religiosos durante las numerosas revueltas anticlericales. Algunos de esos ataques son mencionados por Manuel Vázquez Montalbán en Barcelones, como un ataque en 1820 en que los liberales constitucionalistas y anticlericales intentaron derribar el monumento, pero los vecinos defendieron “a una de las pocas santas que podían tener cerca del alma”. Quince años después, sin embargo, el monumento fue derribado por los manifestantes, durante la misma ola de violencia anticlerical que acabó con la quema de conventos o iglesias. Cien años más tarde, en julio de 1936 cayó la estatua de santa Eulalia como una de las primeras víctimas de la revuelta, destruida por un piquete. Los fragmentos rodaron por la calle hasta que un vecino, Ferran Serracant, salvó la cabeza de la escultura y la entregó al Museu d’Història de la Ciutat, donde ahora se encuentra en la sala del siglo XVII, junto a un dibujo de Casanoves que reproduce fielmente el conjunto del monumento tal como se mantuvo hasta 1936.

En 1952 se volvió a levantar la pirámide de jaspe encima de la fuente, con las mismas inscripciones que ostentaba, coronada por una nueva estatua en la que el escultor Frederic Marès reconstruyó la imagen destruida. En la actualidad, presidiendo la plaza y en un emplazamiento todavía milagrosamente a salvo de las hordas de turistas, la estatua ofrece una extraña imagen al caminante. Gran parte de la sensación procede de su aparente invisibilidad, puesto que, igual que casi todo el gran legado artístico del Raval, está fuera de las rutas turísticas. Hoy en día no es más que una fuente pública. Y en parte la sensación proviene del hecho de que la estatua ha quedado olvidada junto a la capilla de Sant Llàtzer del Hospital de Mesells, milagrosamente en pie después de haber sido encajonada entre edificios y usada incluso como quiosco. De manera que ambos monumentos sobreviven el uno frente al otro, como hermanos tristes y olvidados, recordatorios de la magia de un locus enterrado por la urbanización.

Mucho más espectacular, y en cierta manera extraña, es la historia de otro símbolo asociado a la santa y también obliterado hace tres siglos. Se trata de la Bandera de Santa Eulalia, de la que hoy existe una réplica cuyo uso es testimonial en las fiestas de la ciudad, dado que Santa Eulalia sigue ostentando un cargo simbólico de co-patrona.  La bandera original, sin embargo, llegó a estar tan asociada a la historia de la ciudad, y en especial a su historia bélicas, que en gran medida se puede decir que la bandera fue la sucesora de las reliquias de la santa como gran objeto mágico, imbuido de un poder capaz de enardecer al pueblo. Lo extraño de su historia es precisamente que de todos los elementos de la simbología y la historia de Barcelona, pocos han jugado un papel religioso, civil y militar tan importante para después desaparecer sin dejar rastro. Borrada de las instituciones y de la memoria de los ciudadanos, varias investigaciones históricas recientes han permitido recomponer parte de la historia de la bandera, destruida en 1714, y conocer el papel que jugaba. Primero como pendón religioso asociado a los restos de la santa, más tarde como bandera civil de la ciudad y, lo más importante, como bandera de guerra de la milicia armada de la ciudad.

La milicia ciudadana de Barcelona tiene sus raíces en la Reconquista. La ciudad de Barcelona obtuvo el privilegio de defenderse a sí misma en el año 801, cuando el rey franco Ludovicus Pius la liberó del poder islámico. Este privilegio a la propia defensa militar se entendía como en los tiempos de la República romana, es decir, que servir a la milicia era un honor y motivo de prestigio reservado a los ciudadanos. En 1544, la milicia fue reconocida como institución militar, y el Conseller en Cap de la ciudad es designado “Coronel” de la misma, de donde viene el apodo de “Coronela” que tenía la milicia[6].

Pese a tener una historia larguísima, el apogeo militar de la Coronela de Barcelona llegó con la Guerra dels Segadors (1640-1652) y con la Guerra de Sucesión, cuando la milicia se reveló como fuerza decisiva en los Asedios de Barcelona de 1706 y 1713-14. Ya desde el siglo XIV, en las ciudades de Catalunya que gozaban del privilegio de tener milicias propias, se denominaba “bandera de la ciudad” a la bandera de las milicias ciudadanas de la ciudad. En el caso de Barcelona, la milicia tuvo históricamente dos banderas: la tradicional acuartelada de la ciudad, y a partir del siglo XVI, la Bandera de Santa Eulalia, Patrona de la Ciudad.

Hasta el siglo XVI, la bandera acuartelada era el estandarte enarbolado por la milicia de Barcelona para encabezar las movilizaciones armadas de la Ciudad. El escudo acuartelado de Barcelona, con sus cruces y sus barras, se configura durante el primer tercio del Siglo XIV. Así es como aparece en la lápida fundacional de la Iglesia de Santa María del Mar de 1329. La bandera acuartelada es una combinación del escudo real (la señera cuatribarrada, que pasó de la Casa Condal de Barcelona a la Corona de Aragón en 1137), con la Cruz de San Jorge, que era la que usaba la Generalitat desde el siglo XIII.

A partir de mediados del siglo XV, existe también documentación de que el símbolo ha sido adaptado a la Bandera que las Huestes militares llevan en el periodo de la Guerra Civil Catalana (1462-1472). La documentación existe en forma de dibujos a pluma en los Dietarios del Consell de Cent de Barcelona y de la Generalitat. El primero de los dibujos corresponde a 1457, cuando el somatén de Barcelona fue convocado para atacar a Pere de Castellbell. El segundo corresponde a 1462, cuando la Hueste de Barcelona salió para atacar a los franceses.

También está documentado que el asta de la Bandera de la Ciudad estaba rematada con una figura de plata de la Mártir Cristiana Santa Eulalia, Patrona de la Ciudad. Además, la bandera se custodiaba en la Catedral, colgada sobre las escaleras que bajan a la Cripta de la santa, y por tanto, parece lógico deducir que la Bandera de la Ciudad también empezara a ser denominada Bandera de Santa Eulalia. La primera mención histórica a una bandera de Santa Eulalia es de 1339, tal como certifica un documento que se había custodiado en el Arxiu Municipal de Barcelona, donde se describe el pendón que se utiliza durante el traslado de los restos de la mártir cristiana a la Catedral:

 

"...indutus cum sua Capa purpurea, portans in manibus suis quodam vexillum cum campo rubeo et cruce alba, quae cruz est signum dicte Sedis, et cum Imagine Beatae Eulalie ibi depicta tenente dictam Crucem cum manu dextera dicta Imago tenebat,..."

 

De Secuna translatione Corporis Sancti Beate Eulalie Virginia et Martyris Barchinone. Anno 1339. Ex Primo Vermil. Carthular. Civitat. Barcin. Fol. 154

 

Según las descripciones de la época, la Bandera de Santa Eulalia estaba constituida por un campo de color carmesí, con la imagen de Santa Eulalia pintada en el medio. La patrona iba flanqueada por el escudo de la Ciudad de Barcelona a un lado (el acuartelado con cruces y barras) y la enseña del Obispado de Barcelona en la otra (cruz blanca sobre campo rojo).

 

"Seguia, tras de assò, la bandera que’s diu de Santa Eulàlia, la qual és de tafetà carmesí molt gran ab orlas pintadas de or y plata y en lo mig la figura de la dita santa, y dos insígnies, la una de la Ciutat y la altra del Capítol, y al cap de el asta un bell image de la santa fet de plata sobredaurada del qual cap de asta cauen dos cordons de seda carmelina y ora ab bellíssims flochs en la fi."

 

"Dietari de Jeroni Pujades I (1601-1605)" 
Memorias de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Volum XV Barcelona, 1975. pàg. 106

 

Otras versiones de la bandera, al parecer, tenían el escudo real (el actual escudo cuatribarrado de Catalunya) en lugar del acuartelado. La bandera cuatribarrada correspondía lógicamente al rey. Las instituciones ciudadanas disponían de otras enseñas. El Obispado tenía bandera roja con cruz de plata, un símbolo concedido por el Obispo Berenguer de Palou a principios del siglo XIII (el mismo que fundó la Orden de la Merced junto con Jaume I). Estos colores invertidos eran usados por el brazo militar barcelonés, y la bandera con la cruz de san Jorge estuvo en uso en Barcelona y en muchos pueblos (incluso alejados) que eran consideradas dependencias de Barcelona. La Generalitat, un contrapoder establecido frente al rey, adoptó esta bandera en 1359 por "ser las armas antiguas de Barcelona" pero nunca suplanto a la enseña real mientras Catalunya dispuso de reyes propios. La enseña real cayó en desuso desde el siglo XVI aumentando lógicamente el uso de la bandera con la cruz de San Jorge, propia de instituciones nacionales, frente a reyes extranjeros ausente.

Por consiguiente, cuando entre el siglo XV y el XVI la Bandera de Santa Eulalia sustituyó a la existente, integró el escudo acuartelado como un elemento más de la nueva bandera. A partir de entonces, fue la Bandera de Santa Eulalia la que presidió las movilizaciones militares de la Coronela (las milicias urbanas de la ciudad). La fecha más antigua en que aparece confirmado el cambio de bandera es 1588, cuando existe documentación de banderas militares de campo de Santa Eulalia, en la campaña militar contra Tortosa, y también en la salida de las milicias para socorrer a la Villa de Perpinyà (1632), en los precedentes de la Guerra dels Segadors. Ya durante ésta, la bandera militar de la Santa lideró a las tropas en la Batalla de Montjuïc del 26 de enero de 1641, cuando las tropas de Francesc de Tamarit masacraron a las tropas castellanas en la montaña de Montjuïc. En esta ocasión, con motivo de la defensa del Castillo de Montjuïc un contingente de nueve compañías  de milicianos de la Coronela se constituyeron como “Tercio de Santa Eulalia”, y rechazaron el ataque gloriosamente con la ayuda de doscientos mercenarios y trescientos franceses.

La bandera de Santa Eulalia vuelve a aparecer en la Batalla de Montjuïc de 1706, y en la Batalla del 11 de Septiembre de 1714. Este es su momento de mayor gloria, y coincide también con el momento histórico es que desaparece. Además de la Bandera de Santa Eulalia, convertida en este momento en objeto de gran culto, en 1714 cada una de las cuarenta y ocho compañías de la Coronela disponía de su propio pendón, bajo la advocación de un Santo Patrón Cristiano, y de tambores, que eran aportados por los Gremios. Los pendones lucían imágenes religiosas cristianas, pero tampoco faltaban representaciones de animales, como el León del Gremi de Blanquers.

La bandera de Santa Eulalia era reverenciada en extremo, y solamente se la sacaba de la Casa de la Ciutat en casos de peligro extremo. En la fase crucial de la Batalla del 11 de Septiembre de 1714, fue llevada al Baluarte de Jonqueres para animar el feroz contraataque de las tropas catalanas a las siete de la madrugada. La bandera era llevada por el Conseller en Cap de la ciudad, Rafael Casanova, que encabezaba el contraataque, y flanqueada por un grupo de prohombres destacados de la ciudad y milicianos que intentaron en vano que la bandera fuera capturada. Casanova resultó herido y la bandera se atrincheró en el baluarte de Jonqueres.

El 12 de septiembre Barcelona capitulaba y el 13 entraban en la ciudad las tropas borbónicas. El 15 de septiembre, ya ocupada la ciudad, el mariscal Duque de Berwick exigió como botín la entrega de la Bandera de Santa Eulalia, la de la Generalitat, la de Sant Jordi y todas las de las compañías de la Coronela. Las banderas fueron llevadas como botín de guerra al templo de la Virgen de Atocha de Madrid. Una vez llegaron a Madrid, sin embargo, fueron rechazadas por Felipe V, alegando que él no reconocía ninguna bandera de los rebeldes. Felipe V ordenó que fueran devueltas a Barcelona y quemadas públicamente. Ese fue el fin de la historia de la bandera de Santa Eulalia, que nunca más fue usada de forma oficial como símbolo de la ciudad.

En el siglo XIX el pueblo catalán, a la hora de reconstruir sus señas de identidad, recuperó la señera cuatribarrada, mientras que el otro estandarte que en la Edad Media había representado a Catalunya, el acuartelado con cruces y barras (la fusión del símbolo real con el símbolo de la Generalitat), fue transformado exclusivamente en bandera de la ciudad. Se habla de cierta reticencia a recuperar la bandera de Santa Eulalia por sus asociaciones trágicas con la derrota y la pérdida de derechos. El caso es que la bandera es destruida en 1714 y borrada de la memoria colectiva. El proceso de adopción de símbolos nacionales, poco usados desde el siglo XVI y prohibidos desde 1714 (con el Decreto de Nueva Planta que establecía que Catalunya era un país conquistado por las armas y carecía de derechos), fue lento y problemático. Pero ya en el siglo XIX las cuatro barras dejaron de ser un símbolo real para convertirse en símbolo nacional de Catalunya y de su Generalitat. Santa Eulalia quedó sepultada en su cripta de la catedral y su antigua condición de símbolo militar relegada al olvido. En el 1687 había dejado de ser también la patrona oficial de la ciudad, después de que una plaga de langosta asolara la ciudad y ésta rezara a la Mare de Dèu de la Mercè para salvar la ciudad de la plaga. Los rezos funcionaron y a modo de agradecimiento el Consell de Cent nombró patrona de la ciudad a la virgen, que se había aparecido por primera vez en el 1218.

Olvidamos a la Maga y olvidamos su tumba. Olvidamos sus estatuas y olvidamos su bandera. Olvidamos sus milagros y por fin olvidamos su nombre. Y una vez lo hemos olvidado todo, estamos perdidos. Caminamos sin saber adónde estamos. Al romperse el vínculo entre presente y pasado, el pasado deja de haber existido. Las piedras no son más que piedras. Las banderas no son más que banderas. Y la Estatua de la Santa no es más que una fuente. Consumatum Est.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

BAUCELLS I REIG, JOSEP, Vivir en la Edad Media: Barcelona y su entorno en los siglos XIII y XIV (1200-1344), Centro Superior de Investigaciones Científicas, Barcelona, 2001

CARRERA I PUJAL, JAUME, La Barcelona del Segle XVIII, Bosch, Barcelona, 1951

DURAN I SANPERE, AGUSTÍ, Barcelona i la seva historia, Ed. Curial, Barcelona, 1973

HEAD, THOMAS, “The Cult Of Saints and Their Relics”, en the.orb.net

ROBERTS, REV. ALEXANDER, AND DONALDSON, JAMES, Ante-Nicene Christian Library. Vol. 1, The Apostolic Fathers, T&T Clark, Edinburgh, 1867

VÁZQUEZ MONTALBÁN, MANUEL, Barcelones, Empúries, 1987


[1] Más adelante, los hechos de su vida y su martirio serían copiados a inicios del siglo doce por el docto eclesiástico de la Catedral barcelonesa Renallus Grammaticus, cuyo testimonio ha perdurado

[2] Otra palabra que se usaba comúnmente en el latín para referirse a las reliquias era “pignora”, “prendas” o “promesas” del poder de intercesión del santo.

 

[3] Algunos ejemplos de estas iglesias levatadas sobre tumbas de protomártires son la de Santa Crispina en Teveste y la de Santa Tecla en Seleucia o la de Santa Eufemia de Calcedonia.

[4] Los relicarios eran sacados de sus capillas para ocasiones importantes: procesiones en el día de festividad del santo, viajes hechos por representantes de comunidades monásticas y también en batallas para proteger propiedades de monasterios.

[5] El hecho de que los paleocristianos rezaban a los muertos es algo atestiguado por lo menos desde el siglo II, y la celebración de la Eucaristía por los Muertos es algo documentado desde el siglo III.

[6] La Coronela de Barcelona tenía seis batallones, asignados a sendos santos o figuras místicas protectoras de la ciudad. El Primer Batallón a la “Santísima Trinidad”, con cuartel en Santa María del Mar. Estaba formado por ocho compañías. Su capitán honorífico era el Conseller en Cap del Consell de Cent. Segundo Batallón: “Inmaculada y Purísima Concepción de María Santísima”, formado por nueve compañías. Con cuartel en la iglesia de Santa Clara. Tercer Batallón: “Santa Eulalia de Barcelona”, formado por ocho compañías, con cuartel en la Iglesia de Sant Pere. Cuarto Batallón: “Santa Madrona”, formado por ocho compañías, con cuartel en la Iglesia de Santa Ana. Quinto Batallón: “Sant Sever”, formado por nueve compañías, con cuartel en la iglesia de San Francisco de Asís. Sexto Batallón: “Verge de la Mercé”, formado por ocho compañías, con sede en el Convento de Santa Mónica.

 

SCRATCH (SEGUNDA PARTE)















domingo 5 de octubre de 2008

SANTA EULALIA PRERRAFAELITA


La Saint Eulalia de John William Waterhouse de la Tate Gallery. Pagana, sensual y melodramática. La cuelgo para que Lucas la vea.

EL LUGAR DE LOS CONVENTOS MUERTOS


La piel del Raval está llena de cicatrices. Todas las plazas abiertas en su trazado urbano durante el siglo XIX, además de la zona conocida como l’Eixample del Raval, son el resultado de la destrucción progresiva en ese siglo de los conventos que constituían el centro de su vida urbana desde la Edad Media hasta el XVIII. No se puede entender la historia del Raval sin los conventos, ya que antes de la desamortización existían en su recinto treinta órdenes religiosas distintas (frente a ocho en el barrio de Sant Pere y doce en el resto de la ciudad). Una treintena de conventos, construidos en su mayoría entre los siglos XI y XVII, de los que hoy apenas quedan unos pocos fragmentos reciclados en forma de equipamientos institucionales.

Para entender por qué las órdenes de monjas y frailes poblaron el Raval hay que entender primero la naturaleza dual del lugar: parte de la ciudad pero al mismo tiempo fuera de la misma, extramuros hasta el siglo XV y sin urbanizar hasta finales del XVIII. Hay que pensar también que pese a quedar el Raval encerrado dentro de la Tercera Muralla –la que seguía el Carrer Tallers, rodeaba Sant Antoni y descendía hasta Santa Madrona–, la antigua muralla de las Ramblas subsistió hasta el XVIII.

La construcción de la Tercera Muralla no significó para el Raval una integración en la ciudad, sino al contrario. Se convirtió en el lugar donde se establecieron los establecimientos molestos para Barcelona. Acogió a los enfermos, los pobres y la prostitución marginal. Fundando una tradición que se extendería prácticamente hasta nuestros días, todo lo que no se quería en la ciudad era expulsado a poniente, al Raval. De esa manera fueron surgiendo allí la leprosería de Santa Margarida dels Mesells (1141), construida en el Raval para sacar a los leprosos de la ciudad; el Hospital del canonge Colom (1229), que se convertiría en el de la Santa Creu (1401), con su gigantesco manicomio; el asilo de pobres de la Casa de Misericòrdia (1583); la Casa de Caritat (finales del XVIII), lugar de acogida de mendigos, pobres y huérfanos. Y por fin el Casal d’Infants Orfes (1846) y la Casa de la Maternitat  i Expòsits (1853), para los huérfanos y las madres solteras. Por no mencionar la prisión de mujeres del Carrer Egipcíaques y posteriormente la de la Plaça Reina Amalia.

Como es obvio, al adquirir la ciudad esa disposición dual, con su mitad freudianamente reprimida al oeste de la Rambla, la gente distinguida de la ciudad procuraba no pasar nunca por aquella zona, llena de cosas desagradables. Allí estaban también los patíbulos, las tabernas y las prostitutas, en una zona mayormente despoblada, compuesta de huertos y caminos. Los barceloneses de la Ribera (la ciudad al este de la muralla de Ramblas, o en otras palabras, el no-Raval) menospreciaban a los del Raval y los consideraban de condición inferior. A los riberenses nunca se les ocurriría irse a vivir al Raval.

Todo esto, por supuesto, no impidió que el Raval se terminara urbanizando, un proceso que tuvo lugar principalmente entre finales del XVIII y principios del XIX, a medida que los huertos se iban mudando fuera de la muralla, al Poble Sec y otras zonas de extramuros. Hasta ese momento, y desde la misma Edad Media, con las construcciones románicas de Sant Pau del Camp y Santa Margarida de Mesells, quienes se asentaron en el Raval fueron las órdenes religiosas. Se trataba de una verdadera Ciudad de Conventos. Las enormes Drassanes góticas eran prácticamente el único edificio laico de la zona, teniendo en cuenta que la Muy Ilustre Administración del Hospital de la Santa Creu se componía de dos canónigos de la Catedral y dos miembros del Consell de Cent. Y pese a que quedan pocos testimonios históricos de esto, el Raval fue una Ciudad de Conventos hasta hace muy poco. A principios del Siglo XIX todavía era un campo abierto lleno de huertos, alguna masía en los márgenes de los caminos y las rieras y sobre todo edificios religiosos.

La imagen de los conventos dentro del recinto amurallado le daba a la ciudad un aspecto monacal y tétrico. Josep Maria Poblet lo relata así: “La escasa iluminación pública ayudaba al recogimiento y los fanales solamente se mejoraban en fechas señaladas, siempre valiéndose de fogariles, unos fanales inaugurados un siglo antes, la víspera de Navidad de 1752. Así, la ciudad de las murallas al oscurecer, parecía un gran convento de clausura y cuando en una casa ponían cortinas negras en los balcones significaba que había habido alguna defunción. Como hemos visto, frailes, monjas y capellanes recorrían las calles, sobre todo por los lugares céntricos. Al divisarse tormenta, el tañir de las campanas la señalaba…”.

El barrio creció alrededor de los conventos y hospitales, aglutinándose alrededor de esos nodos de energía espiritual, creciendo alrededor de los centros de oración, estudio y caridad. La formación original de la zona, un entramado de caminos –en el eje norte-sur– y rieras –en el eje oeste-este–, dio paso a la Constelación de los Monasterios. En el mapa de la Barcelona de finales del periodo gótico, frente a la espesa retícula urbana de la Ribera, el Raval aparece vacío salvo por una decena de construcciones originales, de las cuales únicamente las Drassanes son de naturaleza laica. El Raval se desarrolla por tanto como conjunto de asentamientos religiosos. Centro espiritual de la ciudad, unido como un hermano siamés al centro político del otro lado de la Rambla. Es por eso que, cuando las desamortizaciones y la especulación con el suelo desmantelaron los monasterios durante el siglo XIX, el barrio no se transforma tanto como queda mutilado. Desde el punto de vista de la geografía psíquica, los edificios son derribados o reciclados, pero las líneas de fuerza permanecen.

Caminamos por el Raval moderno igual que moscas por un cuerpo mutilado. Ahora hay calles amplias y plazas, sol para los turistas y la Rambla del Raval. Pero lo que pisamos es tejido cicatrizado. Lechos de ríos perdidos. Igual que la fabulosa ciudad de templos megalíticos de Avebury, el lugar que pisamos era una ciudadela sagrada, una congregación de energías espirituales que no desaparecen. Están ahí, en los conventos convertidos en centros de arte. En las calles que todavía llevan el nombre de las órdenes que los poblaron y de los santos a los que veneraban.

Los grandes conventos medievales: Sant Pau del Camp

Los tres grandes conventos del Raval fundados en la Edad Media son el de Sant Pau del Camp, del que ya existe constancia a principios del siglo X; el del Carme de finales del siglo XIII y el de Sant Antoni Abat, de mediados del XV. En el Raval prácticamente despoblado del medievo, estos tres conventos eran los centros de la vida pública de la zona junto con las Drassanes y los hospitales de Mesells y de la Santa Creu.

El origen del monasterio de Sant Pau del Camp se pierde en la Antigüedad. En el siglo XVI se encontró en el monasterio la lápida sepulcral del conde Guifré Borrell, fallecido en 911. Eso ha hecho pensar que en aquel año debía existir un monasterio con suficiente entidad para que el conde de Barcelona se hiciera enterrar en él. La lápida todavía puede verse empotrada en el interior del templo, pero existen indicios de que el lugar es de una fecha muy anterior, como algunos restos funerarios romano-cristianos, así como dos capiteles merovingios en mármol blanco, aprovechados para el pórtico de la iglesia y pertenecientes acaso a los siglos VII-VIII. Hoy también sabemos que el emplazamiento de la iglesia es anterior a la época romana, y se corresponde con el emplazamiento de un pueblo y necrópolis neolíticos de la Edad del Bronce descubiertos durante las décadas de 1980 y 1990.

Hay diversos documentos benedictinos que atestiguan la presencia del monasterio durante los siglos X y XI, incluyendo la noticia de su destrucción a manos de los almorávides en el 1114. Tres años posterior es la lápida con los nombres de los cónyuges que restauraron el monasterio, Geribert Guitard y su segunda esposa Rotlendis, reconstrucción que termina el año 1127. El monasterio constaba de muchos edificios, de los que quedan pocos, aunque seguramente los más importantes: la iglesia con su claustro y la casa del abad, la primera convertida hoy en parroquia y la segunda en casa rectoral. La planta del templo es del siglo XII, aunque el pórtico con sus esculturas, columnas y tímpano, es del XIII. También es del XIII el claustro, cuyos muros están llenos de sepulcros de los antiguos protectores del monasterio. La casa del abad es del XIV.

Es cierto que Sant Pau del Camp no pasó nunca de ser un pequeño monasterio, sin demasiada vitalidad comparado con los del Carme o Sant Antoni Abad, pero cuenta con historias y peculiaridades fascinantes. Una de ellas fue la presencia de la urna con las reliquias de Sant Galderic, que llegaron en 1654 procedentes de Sant Martí del Canigó huyendo de la ocupación francesa, unas reliquias que en épocas de sequía eran llevadas en procesión hasta la catedral por su poder mágico para invocar las lluvias. Sant Galderic nació el año 820 en la aldea occitana de Vilavella, que hoy lleva su nombre, y está considerado protector de agricultores y de cosechas. Se lo representa iconográficamente acompañado de un par de bueyes arando y con un manojo de espigas de trigo. Tras su muerte en el 900, fue enterrado en el monasterio de Sant Martí del Canigó y canonizado por el Concilio de Carbona en el 990.

También estuvo en Sant Pau del Camp durante la Guerra de Sucesión el cuerpo de Santa Madrona, co-patrona de la ciudad, procedente de la capilla del mismo nombre de la montaña de Montjuïc. Posteriormente las reliquias estuvieron en varios lugares, Sant Agustí, Sant Jaume y la Catedral entre otros, hasta llegar a su iglesia titular, donde fueron destruidas durante la Setmana Tràgica.

 

El Convent del Carme

Los carmelitas se establecieron en Barcelona alrededor de 1292, en la misma época en que tuvieron que abandonar Palestina de forma definitiva y de forma casi simultánea a la fundación de los monasterios de Peralada (1293) y Girona (1295). Los terrenos para edificar su convento fueron elegidos fuera de las murallas, en el Raval, en el lugar conocido como Hort dels Lledoners. La zona se estaba empezando a edificar por entonces. Su llegada daría nombre al actual Carrer del Carme, que por entonces llevaba el nombre de Guillem Moneder, el antiguo dueño del enclave. Por el Carrer del Carme se accedía tanto al convento como a la iglesia, y la entrada principal estaba justo delante del Hospital de la Santa Creu, puerta con puerta. La iglesia y las dependencias conventuales, junto con su enorme huerto, llegaron a ocupar un extenso solar, limitado por las calles dels Àngels a poniente y del Carme a mediodía. El huerto llegaba hasta los jardines de las casas del carrer Xuclà por un lado y por otro a los jardines de la calle d’Elisabets. Hoy en día en aquel extenso solar parten formando una cruz las calles Doctor Dou y Pintor Fortuny.

No hay duda de que el siglo XIV fue el de la consolidación del convento, como lo demuestran dos hechos importantes de su primera época: la celebración de un capítulo general de toda la orden en 1324 y el que en 1333 se estableciera un Estudio General, así como el hecho de que en 1323 se alojara allí el rey Jaume II, en los últimos años de su vida, más o menos por la época en que conquistó Córcega para la Corona de Aragón.

La magnífica iglesia gótica del convento se iría construyendo durante el siglo XIV. Su construcción se suele atribuir al maestro Guillem Abiell, a quien también se atribuyen las iglesias parroquiales de Santa Maria del Pi y de Sant Jaume, así como la de Montsió y el Hospital de la Santa Creu. La iglesia, muy parecida a la de Santa Maria del Pi, tenía ábside poligonal y nave única de cinco tramos y otras tantas capillas de planta cuadrada entre los contrafuertes, todas con bóveda de crucería, como la nave y el presbiterio. El campanario sobresalía y se elevaba por encima de los edificios vecinos, y desde allí se divisaba perfectamente el mar. Los marineros desde sus barcos lo podían contemplar mientras se acercaban a Barcelona. Así arraigó la devoción de los hombres de mar por Nuestra Señora del Carmen, y cuando éstos vivían momentos de peligro hacían la promesa de ir de rodillas desde el puerto hasta el Convent del Carme si se salvaban.

Las dependencias del convento, de acuerdo con un plano que se conserva, estaban situados alrededor de dos grandes claustros. Uno era gótico, y se desconoce su fecha de construcción, aunque por el estilo debió de ser entre los siglos XIV y XV.  Ese claustro gótico llegó a los tiempos de la exclaustración, y se conserva alguna muestra del mismo en museos. Parece ser que ya derribado el convento, este claustro antiguo se conservó durante una temporada en forma de glorieta en el Carrer Pintor Fortuny. El otro claustro, conocido como el Claustro Moderno, adosado a la iglesia, fue construido a finales del XVI y principios del XVII, la época de máximo esplendor del convento, en el lugar que ocupaba un edificio más antiguo, seguramente el primero que se construyó.

 

Sant Antoni Abat

El convento de Sant Antoni Abat se levantó a mediados del siglo XV, en pleno camino real, en el extremo más occidental de la ciudad, justo donde después estaría la puerta de la muralla y donde hoy todavía perdura el pórtico de la iglesia. En 1430 se fundó en ese emplazamiento una comunidad de Antonianos. Los Hermanos Hospitalarios de San Antonio o Antonianos fueron una congregación católica romana fundada hacia 1095, con el propósito de cuidar de aquellos que sufrían la enfermedad medieval, por entonces muy común, del Fuego de San Antonio. También llamada "fuego sagrado", "mal de los ardientes" o "fuego infernal", el nombre Fuego de San Antonio data del siglo XI, en que se fundaron los monasterios de la orden para atender a sus víctimas. Se trataba de una infección que fue epidémica en la Europa medieval, denominada ergotismo y causada por la ingestión de pan amasado con harina contaminada por el cornezuelo del centeno.

Desde el siglo IX al XIV y en menor grado hasta el siglo XI, se declararon epidemias de dicha enfermedad, cuyas consecuencias resultaban más temibles que las de la propia lepra. El fuego de San Antonio afectaba en la mayoría de los casos a los miembros. Los enfermos atormentados por dolores atroces lloraban en los templos y en las plazas públicas. La enfermedad les corroía los pies, las manos y la cara. Parecía que sus extremidades iban consumiéndose por un fuego interno, se tornaban negras, arrugadas y terminaban por desprenderse. La inmensa mayoría sobrevivía, quedando mutilados y deformados enormemente, a veces perdiendo los cuatro miembros. Para protegerse del Fuego de San Antonio, la gente rezaba, llevaba amuletos benditos e ingería infusiones de yerbas, pese a lo cual la enfermedad seguía arrasando vidas, lisiando y matando.

Hasta fines del siglo XVI, los enfermos peregrinaban a los hospitales de los Antonianos, donde recibían los cuidados de los frailes, que llevaban marcada como distintivo una Tav azul sobre el hombro de sus túnicas. Se trata de la última letra del alfabeto hebreo, que se corresponde con la Tau del alfabeto griego y también se conoce tradicionalmente como Cruz de San Antonio. Según algunas versiones, esa T simbolizaba las muletas que utilizaban quienes acudían en busca de sus cuidados.

En 1430 se inició la construcción del convento y hospital de Sant Antoni Abat del Raval, obra que se acabó en 1457. La iglesia tenía un atrio con tres arcos ojivales, mientras que el interior era de una nave con capillas laterales también cubiertas por bóvedas ojivales, de menor altura. La nave quedó destruida en la Guerra Civil, junto con el magnífico retablo de San Antonio, obra de Jaume Huguet. En el pórtico gótico de la iglesia de tres arcos ojivales, hoy convertido en un establecimiento comercial, todavía se puede observar esculpida en la piedra la letra Tau, símbolo de San Antonio, y los escudos de la ciudad, el de Alfons el Magnànim y su mujer María de Castilla.

Además de ser el lugar privilegiado por donde los visitantes ilustres entraban en la ciudad, como hizo el Papa Luna en 1409, era también el lugar donde los frailes celebraban cada año la festividad de San Antonio Abad, la antigua cabalgata medieval todavía hoy conocida como Els Tres Tombs. La tradición era, y todavía hoy es, bendecir ese día a los animales, sobre todo los caballos y las mulas, que, bien adornados por sus amos, pasaban tres veces por delante del pórtico de la iglesia. Els Tres Tombs tiene su origen en la tradición según la cual  San Antonio Abad obró su milagro en Barcelona, porque el gobernador lo había hecho venir para curar a su hija. San Antonio estaba sentado en el portal de la casa donde se alojaba cuando se le acercaron unas cerdas heridas. El santo las bendijo y la curó, por lo cual se le considera el patrón de los animales. La ruta que seguían los caballos y sus jinetes pasaba por Sant Antoni Abat, subía a la muralla de tierra y proseguía por las calles de la Cera, Botella y Pedró y nuevamente llegaba a Sant Antoni Abat, hasta completar las tres vueltas.

El convento de Sant Antoni Abat fue desmantelado en 1803, fecha en que se prohibió acoger leprosos en la ciudad. Tres años más tarde el edificio sería cedido a los escolapios, que crearon la escuela más importante del Raval.

 

Otros conventos medievales del Raval

Monestir de Valldonzella y Priorat de Santa Maria de Natzaret, ambos cistercienses. El origen del monasterio de Valldonzella es la ermita de Santa Margarida, una pequeña iglesia románica situada en el valle boscoso de la sierra de Collserola. Posiblemente en el año 1147 ya existía allí una pequeña comunidad femenina, que en el año 1226 fue cedida a la orden del Císter, dependiente de Santes Creus, por el legendario obispo de Barcelona Berenguer de Palou, cruzado y aliado del rey Jaume I en sus conquistas. Es el 4 de noviembre de 1237 cuando se tiene constancia de la fundación del monasterio. La primera comunidad estaba formada por Berenguera de Cervera con once monjas.

Con motivo de la inseguridad del enclave original, en el año 1263 la comunidad obtuvo el permiso de Jaume I para trasladarse a Barcelona, en extramuros, al lugar conocido como la Creu Coberta, actual calle Valldonzella, hecho que se produjo en 1269. El traslado se hizo por creer que el monasterio estaba en un lugar solitario, peligroso y agreste. Este monasterio tuvo mucha importancia en los años siguientes y su comunidad fue ampliándose con la hijas de la nobleza ciudadana. Favorecido por el mismo Jaume I y sus sucesores, así como por los obispos de Barcelona, en el año 1308 contaba con treinta y cinco miembros. Como prueba de su prestigio en aquellos tiempos, en 1395 tuvo residencia en él el rey Joan el Caçador y en 1410 enfermó allí y murió Martí l’Humà, cuya viuda Margarida de Prades se retiró a él poco después. Durante la Guerra dels Segadors, las monjas abandonaron el monasterio, que quedó destruido en el asedio de Barcelona, y la comunidad pasó a vivir en 1674 al antiguo Priorat de Santa Maria de Natzaret, muy cerca de allí, que había desaparecido quince años antes. El priorat, cisterciense y dependiente de Santa Maria de Poblet, funcionaba desde el año 1312 cerca de la calle Valldonzella, donde hoy está el Centro Aragonés.

También del siglo XIV es el Convent de Montalegre de canónigas agustinianas, establecido en 1362 en el Raval, en el Barri dels Tallers, con monjas procedentes del priorato de Montalegre de Tiana. La comunidad se extinguió en el 1593. Poco después, en 1598, el lugar lo ocupó el seminario de Montalegre hasta el año 1770 y más tarde la Casa de la Caritat.

En 1453 se funda en la actual Plaça de la Gardunya el convento de monjas terciarias franciscanas de Santa Maria de Jerusalem, sobre la ruinas de un antiguo convento de dominicas construido en 1371 y abandonado desde hacía treinta años. La fundación se hizo por voluntad de Rafaela Pagès, natural de Sarriá, al regreso de su peregrinación a la ciudad de Jerusalén. En 1494 la comunidad de franciscanas adoptó la regla de santa Clara.

Veinte años antes, en 1475, se funda el Convent de Sant Maties, de Jerónimas, en la actual Plaça del Padró, aproximadamente donde está la Esglèsia del Carme. La tradición cuenta que en 1426, una joven noble barcelonesa, Brígida Terré, empezó una experiencia de vida comunitaria con otras tres jóvenes. A la muerte de Brígida, Catalina Ferré obtuvo del papa Sixto IV, el 19 de junio de 1475, permiso para fundar allí un monasterio de la Orden de San Jerónimo.

 

Conventos del Renacimiento y el Barroco

Durante los siglos XVI Y XVII, y hasta principios del XVIII, se fundan una veintena de conventos en el Raval. La importancia histórica de estos conventos renacentistas y barrocos es por lo general menor que la de los conventos medievales, aunque su numero formidable termina de conformar el  paisaje del barrio durante el largo periodo de los Austrias. Aproximadamente media docena de estos conventos continúa en pie, transformado su uso, y puede visitarse. Por ejemplo, en la actual Plaça del Àngels, convertido en parte del complejo cultural municipal del MACBA-FAD, se pueden visitar algunas partes del Convent dels Àngels, convento de monjas dominicas construido el 1562-1568 en el lugar donde había anteriormente una ermita conocida como del Peu de la Creu. Concretamente la antigua iglesia del convento, situada en el Carrer dels Àngels 7, convertida desde 2006 en la sala de exposiciones Capella MACBA. El espacio incluye el templo del convento, construido la segunda mitad del siglo XV con formas góticas y que cuenta con la planta baja en cruz latina y el corazón en la planta superior y La Capella del Peu de la Creu, fechada en los años 1568-1569 y que constituye la única capilla de implantación renacentista en Barcelona.

Situado en la esquina de las calles Elisabets y Xuclá, y hoy desaparecido, estaba el Convent de Santa Elisabet, de monjas clarisas, fundado el 1564 a partir de un beaterio existente desde hacía diez años. Era, según testimonios históricos, un convento sencillo pero amplio y luminoso, con una iglesia también sencilla, de una sola nave con bóveda semicircular. El elemento más destacado del edificio era la fachada de sillares pulidos con pórtico de orden corintio. Desde el siglo XVI, el convento albergó una reliquia fabulosa, una sábana con la imagen de Cristo que según la crónica de la comunidad fue usada en una noche de tormenta por un peregrino que desapareció sin dejar más rastro que la sábana con la efigie milagrosa. La sábana sobrevivió la exclaustración y los distintos ataques anticlericales, y se conserva hoy en otra casa de la orden.

A pocos metros de allí, en la misma calle Elisabets, junto a la Casa de la Misericordia, se fundó en 1587 el colegio y convento de agustinos de Sant Guillem d’Aquitania. Las partes que continúan en pie del convento de Sant Guillem acogen hoy en día la Fundació CIDOB. Destacan los grandes ventanales de arco rebajado del edificio, mientras que la puerta de entrada de medio punto y el ojo de buey situado encima de ella, perfectamente visibles en la calle Elisabets, pertenecen a la fachada de la antigua iglesia del convento.

De la misma época, del 1593, es el colegio y convento de carmelitas de Sant Àngel, que estaba en la Rambla, para ser más precisos en la actual confluencia de la Rambla con Nou de la Rambla, delante de la Plaça Reial. Originalmente ocupó una casa noble remodelada, que se amplió en 1680. En 1599 se fundó en la esquina de Riera Alta con Carrer del Carme el convento de Santa Margarida la Reial, hoy desaparecido, a iniciativa de Àngela Margarida Serafina y con la ayuda de las clarisas de Santa Elisabet.

Del 1619 es el Convent de Santa Mònica, de agustinos descalzos, procedentes de la antigua capilla de Sant Bertran de Montjuïc, hoy todavía en pie en la Rambla y convertido en el Centre d’Art Santa Mònica. Del 1623 es el Convent de Jesús i Maria, de la orden de las mínimas, hoy desaparecido, que estaba en el lugar de la actual escuela Milà i Fontanals. También procedentes de Montjuïc, tras pasar por Sant Bertran y después por Santa Madrona, eran los frailes servitas del Convent del Bonsuccés, edificado entre el 1626 y 1635. Se encontraba en la actual Plaça de Vicenç Martorell, y del mismo se ha conservado una especie de torre de piedra del antiguo convento, de cinco plantas con una puerta decorada, que restaurada a finales de los cuarenta alberga la sede de la "tinença d'alcaldia", ahora consell de districte.

Entre 1633-1639 se levantó en la Rambla el convento de la Mare de Déu de la Bona Nova, de frailes trinitarios descalzos, justo delante de la Plaça dels Trinitaris, en el mismo solar donde más tarde se construiría el Teatre del Liceu. En 1649 se fundó el Convent de l’Encarnació, de monjas carmelitas, gracias a la voluntad de fray Martí Roman y a la aportación económica de Isabel Terré. El convento se levantó en el lugar de unas casas ruinosas con dos quintanas de tierra del Carrer Hospital, cerca de la Riera d’En Prim, entre las calles de la Cadena (actual Rambla del Raval), Bernardí Martorell y Sant Rafael. La ubicación se decidió también por su cercanía con el convento de carmelitas del Carme.

En 1668, en el actual Carrer de Sant Pau, se levantó el monasterio de dominicos de Sant Vicenç i Sant Ramon. De 1677 es la fundación del desaparecido convento de Santa Maria Egipcíaca, cerca de la esquina de las calles Riera Alta y Carme, posteriormente ocupado por las Capuchinas de Santa Margarida. La calle Egipcíaques, cuyo nombre recuerda el convento que estaba en ella, es una de las más antiguas de la zona y antes llevaba por nombre La Galera. En el siglo XVIII hubo allí la prisión de mujeres de vida ligera, regida por las monjas mínimas del convento de las Egipcíaques. La galera fue durante mucho tiempo un edificio nefasto, y corría la voz de que si una mujer tenía mal comportamiento, terminaría en ella. Para ingresar en las Egipcíaques había que confesar haber tenido malas costumbres y tener la intención de llevar una vida ejemplar como la de Santa María Egipcíaca, la prostituta que se convirtió en santa. Santa María Egipcíaca (Egipto, c. 345- Palestina, 421) fue prostituta en Alejandría desde una temprana edad. Su conversión tuvo lugar años después en Jerusalén, donde se le apareció la Virgen y como resultado de esa experiencia peregrinó al desierto de Judá, junto al río Jordán, y allí vivió durante cuarenta y siete años, rezando, meditando y haciendo penitencia. También cuenta la leyenda que allí le contó su historia a un monje, de donde viene el poema hagiográfico medieval Vida de María Egipcíaca (fines del s. XII-principios del s. XIII), traducción al primitivo aragonés de un original francés anterior.

Los Paúles, o misionistas, nombre con que son conocidos los capellanes de la Congregación de la Misión fundada en 1625 por San Vicente de Paúl, llegaron a Barcelona en 1704 y acto seguido se hicieron su residencia, que llamaron casa de Sant Sever, en la calle Tallers, de un Raval entonces en expansión.

El último monasterio en crearse en el Raval fue el llamado Convent de Sant Agustí Nou, en la calle Hospital casi al lado de la Rambla, con los agustinos calzados procedentes del convento de Sant Agustí Vell, situado en el Carrer Comerç y demolido en 1717 por orden de Felipe V para construir la Ciutadella. No fue hasta 1727 que los monjes de Sant Agustí Vell tomaron posesión del nuevo establecimiento, proyectado por Pere Bertran. La primera piedra del nuevo convento de Sant Agustí se puso 1728 y se inauguró en 1750. La fachada de la iglesia quedó inacabada, estado en que aún se encuentra. Tenía dos claustros, y la actual plaza de Sant Agustí formaba parte del convento, era un patio delantero de la iglesia.

Igual que el convento de agustinos de Comerç, muchos de los conventos del Raval sufrieron daños cuantiosos como resultado de los sitios de Barcelona de la Guerra de Sucesión, incluida la batalla final del 11 de Septiembre.

 

La destrucción del tejido conventual

La reforma de la Ciutat Vella en el siglo XIX se caracterizó por dos fenómenos: por un lado la expropiación estatal de solares de la Iglesia por medio de decretos gubernamentales de desamortización. Por otro lado, las grandes obras de apertura de nuevas vías crearon una dinámica económica propia, ya que requerían empresas capaces de financiarlas y realizarlas técnicamente. Los dos fenómenos fueron dos caras de una misma moneda, puesto que el objetivo básico de las medidas desamortizadoras era eliminar grandes superficies de terreno que no servían para dar dinero y crear riquezas. Los conventos eran bienes amortizados, de mano muerta, lo que significa que estaban en poder de comunidades que no las podían vender. Cuando fueron desamortizados por las leyes que promovió Mendizábal, entraron en el mercado de compra-venta. El suelo del Raval, estigmatizado durante tantos siglos, de repente se volvió rentable por su centralidad, y por tanto objeto de especulación. Sin embargo, había un obstáculo para el afán mercantil de la pujante burguesía: la Iglesia.

En el  siglo XVIII, la Iglesia era la principal propietaria de terrenos dentro de la ciudad. Conventos, iglesias, cementerios y colegios religiosos ocupaban cerca de un veinte por ciento de la superficie urbana. En varios momentos políticos se habían hecho intentos de desamortizar todos esos inmuebles, pero fue Juan Álvarez Mendizábal, ministro de finanzas de España, quien promovió a partir de 1835 la venta pública masiva de bienes eclesiásticos. De esta manera consolidó lo que tímidamente habían intentado los franceses y los políticos del trienio constitucional. El proceso fue rápido, y aprovechó como es obvio el enorme sentimiento anticlerical de una parte de la población, así como las destrucciones masivas de edificios religiosos que ya se habían producido en la revuelta de julio de 1835. En ese mismo mes se decretó la supresión de los conventos y monasterios de menos de doce religiosos; el 11 de octubre se amplió el alcance de la medida, y el 3 de marzo de 1836 se extendió a casi todos los conventos y monasterios religiosos de varones. A continuación se suprimieron los conventos y monasterios de religiosas. Pese a que un poco más adelante se produjeron ciertas devoluciones al subir los moderados al poder, los decretos y leyes del periodo comprendido entre 1835 y 1843 comportaron prácticamente la desaparición de todos los conventos y monasterios de la ciudad, salvo los correspondientes a las órdenes dedicadas a la enseñanza y la beneficencia.

Los resultados de la desamortización fueron desiguales. En algunos casos los solares se convirtieron en espacios públicos, cosa que mejoró notablemente las condiciones de vida. Muchos conventos fueron convertidos en cuarteles o dependencias de la administración. En otros muchos casos, sin embargo, los terrenos fueron vendidos a manos privadas, urbanizados y edificados. Pese a que inicialmente la apropiación pública de conventos se asociaba a un programa de reconversión urbanística que debía destinar los solares a servicios, equipamientos y espacios públicos, las dificultades crónicas de la hacienda pública obligaron a privatizar gran parte de esas propiedades, que se convirtieron en fábricas o viviendas. En el Raval, las nuevas áreas urbanizadas generaron núcleos de fábricas en la zona de las calles Sant Pau, Hospital y Plaça de Padró, por un lado, y por otro en la zona de Tallers y Valldonzella.

Los grandes beneficiados del proceso, en última instancia, fueron la clase burguesa emergente, así como las constructoras y los políticos liberales. A partir de 1860, derribadas las murallas y aprobado el plan Cerdà, la ciudad empezó a crecer más allá del antiguo recinto amurallado. Había terreno de sobra para especular. Pero no por eso el interior del antiguo recinto dejó de ser un campo propicio para los negocios. Se empezaron a hacer reformas que traían nuevos solares al mercado inmobiliario y daban trabajo a las empresas de derribos, urbanización y construcción.

Debido al hecho de que la burguesía local nunca logró consumar una revolución burguesa propiamente dicha, el proceso desamortizador se perfiló como episodio clave de su ascenso político. Considerando el conjunto de la Ciutat Vella, es en este momento cuando la burguesía liberal levantó su ciudad triunfal, con la Rambla como epicentro. El Mercat de la Boqueria de Josep Mas i Vila, por ejemplo, solucionaba una necesidad funcional que era urgente en la ciudad, pero también lo hizo confiriéndole al nuevo mercado una arquitectura simbólicamente triunfal. Asimismo, el centro neurálgico de la nueva vida burguesa se ubicó en el antiguo solar dels Caputxins, que se transformó en la Plaça Reial (1847-8), y en el Gran Teatre del Liceu, construido en los mismos años sobre el Convent de la Bona Nova. El mismo proceso de transformación de centros religiosos en espacios burgueses tuvo lugar en otras partes de la ciudad, como el contiguo Convent de Framenors, que dio paso a la Plaça de Medinaceli, o la construcción del Pla de Palau al otro extremo de la Muralla de Mar. Otras operaciones de carácter estrictamente privado mostraron la misma tendencia hacia la rentabilización de los espacios más centrales y hacia la ocupación por parte de la burguesía de las antiguas áreas del clero y la aristocracia.

 

Los conventos que han dejado huellas

Buena parte de los edificios religiosos que se suprimieron en el XIX tenían poco valor arquitectónico, pero algunos eran joyas que fueron derribadas sin ningún tipo de sensibilidad. Preocupaba más el suelo como generador de movimientos de capitales privados que el patrimonio como riqueza colectiva. De los conventos históricos del Raval que no desaparecieron del todo, varios vieron como sus iglesias se convertían en parroquias, siguiendo un plan de reorganización parroquial hecho en 1835 o bien en etapas posteriores. Es el caso de Sant Pau del Camp, clausurado en 1836, cuyo templo se convirtió en parroquia, mientras que el resto de edificios pasó a propiedad pública. Se instaló sucesivamente una escuela y un cuartel. El claustro se pudo salvar y el 1896 se integró a la parroquia. También fueron desamortizados en 1836 Santa Mònica y Sant Agustí Nou. El primero, uno de los pocos que no fue quemado en 1835, se ha conservado íntegramente y hoy en día es el Centre D’Art Santa Mònica. Después de la desamortización, la iglesia se convirtió en la parroquia de Sant Josep. Quemada en 1937, ha sido reconstruida posteriormente. En cuanto a Sant Agustí, al decretarse la desamortización su iglesia se convirtió en la actual parroquia del mismo nombre. El convento fue demolido y a través de sus terrenos se abrió en 1859 una calle que se llamó Mendizábal, nombre que fue cambiado en 1942 por el de Junta de Comerç. En la biblioteca del convento se hizo el teatro Odeón, ya desaparecido, mientras que el resto fue comprado por la Sociedad Barcelonesa para la Fundición de Hierro y Construcción de Maquinaria. A partir de ahí se hizo el teatro Romea en 1863 y viviendas al lado.

El otro convento del Raval cuya iglesia de estilo neoclásico funciona hoy como parroquia es el de Sant Sever en Tallers. Los frailes gestionaron su venta a mediados del XIX y quedó definitivamente como hospital militar hasta que en los años cuarenta del S.XX se acabó haciendo el nuevo hospital de la Vall d'Hebron y el de la calle Tallers fue derribado. En su lugar se hizo la Plaça de Castella. La iglesia del convento, dedicada a Sant Sever, se respetó y una vez restaurada, se abrió al público en 1947.

El Convent dels Àngels sobrevivió como tal hasta el 1906, cuando se quemó en la Setmana Tràgica. Fue destinado a casa de corrección entre 1835 y 1846. La iglesia quedó cerrada hasta que en 1868 se convirtió en parroquia de Sant Antoni Abad y más tarde, vendida. Comprada por los Mateu, pusieron allí unos almacenes de hierro. Ahora ha sido restaurada e integrada al conjunto cultural municipal de la Plaça dels Àngels (MACBA,FAD, etc...). También sobrevive, restaurado, el Convent de Sant Àngel, aunque no el original del siglo XVI. En 1778 se abrió la calle Conde de Asalto (hoy Carrer Nou de la Rambla), que tenía que ser amplia y espaciosa, lo cual supuso  la demolición de la iglesia y el convento. Con el dinero de la venta del solar, se hizo un nuevo edificio, entre 1786 y 1789. La iglesia, muy sencilla, de una nave y estilo grecorromano, daba a la Rambla. El convento y el claustro eran del mismo estilo. En 1835 los frailes se vieron obligados a abandonarlo definitivamente, pero el edificio fue respetado y pasó a manos de la Guardia Civil, de la policía y ahora de la Guardia Urbana.

 

Los conventos desaparecidos

Probablemente la pérdida arquitectónica más lamentable de todas las destrucciones de conventos fue la de la magnífica iglesia y convento del Carme, góticos, cuya demolición permitió el ensanchamiento de la calle dels Àngels y la apertura de las calles Doctor Dou y del Notariat y el trozo de calle del Pintor Fortuny, entre Xuclà y Els Àngels. Sin embargo, le quitaron al casco antiguo uno de sus monumentos arquitectónicos más interesantes. La iglesia gótica fue completamente destruida por los incendios anticlericales de julio de 1835. El convento también lo intentaron incendiar, pero sobrevivió a los disturbios y quedó en pie, abandonado. Tras ser desamortizado al año siguiente, se utilizó primero como cuartel. Más tarde se habilitó como universidad, donde se instalaron de forma provisional las facultades de Teología, Cánones y Leyes de la antigua Universitat de Cervera, hasta que la institución se trasladó en 1872. En 1874 empezó su demolición, que permitiría la apertura de la trama de calles nuevas y señoriales que se conoce como Eixample del Raval (la zona delimitada por el Carrer dels Àngels, Doctor Dou, Pintor Fortuny y Notariat, con sus calles amplias y sus casas señoriales). El pórtico gótico todavía se conserva en Sant Adrià de Besòs (Arc de Sant Adrià). 1875 es la fecha del derribo total y posterior urbanización del solar.

Los conventos de Sant Vicent i Sant Ramon y el de Sant Guillem d’Aquitània fueron exclaustrados en el 1835. El primero desapareció, mientras que del segundo se conserva una parte en la actual sede del CIDOB. El convento de la Mare de Déu de la Bona Nova fue desamortizado en 1836 y sirvió de cuartel hasta que en 1844 fue vendido a la sociedad Liceo Filarmonico de Isabel II, que lo derribó y construyó en 1845 el teatro del Liceu. En cuanto al Convent del Bonsuccés, desalojado en 1835, a partir de la desamortización se utilizó como dependencias militares. Durante la guerra civil fueron derribados el convento y la iglesia, cuyo solar es ahora la plaza de Vincenç Martorell. Sólo se ha conservado una especie de torre de piedra del antiguo convento, de cinco plantas y con una puerta decorada, que restaurada a finales de los cuarenta alberga la sede de la "tinença d'alcaldia", ahora consell de districte. Durante un tiempo también fue sede del Patronato Municipal de la Vivienda. Unida a esta torre se construyó a mediados de los cincuenta un edificio de cuarenta y ocho viviendas y quince tiendas, con bajos en porche, que ocupa tres lados de la plaza que en la misma época se urbanizó.

La exclaustración de Santa Maria de Jerusalem (1835) se prolongó hasta 1845, pero se respetó el inmueble.

En 1868 tuvo lugar la destrucción del convento, hecho que obligó a la comunidad a refugiarse en Pedralbes. El lugar quedó convertido en un solar. En 1885, los terrenos destinados al mercado de la Boqueria fueron ampliados con el solar que quedó tras el derribo del convent de Santa Maria de Jerusalem, y eso dio lugar a la actual plaza de la Gardunya. En la actualidad la plaza se ha convertido en un enorme parking de coches situado en la parte de atrás de la Boqueria. Ese mismo año de 1885, el claustro fue salvado y remontado en el Eixample (en la calle Muntaner, entre Córcega y Rosselló), en el actual colegio de Sant Miquel.

Las demoliciones continuaron a lo largo de la segunda mitad de siglo. Cuando en 1874 se procedió al derribo del vecino convento del Carme, por viejo y ruinoso, las monjas de Santa Elisabet aprovecharon para vender el antiguo establecimiento, hecho que se produjo el 1877. En el solar del Carme ya se estaban abriendo las calles nuevas de Doctor Dou y Pintor Fortuny, y los terrenos de Santa Elisabet ya estaban siendo invadidos de casas. El mismo año exactamente se vieron obligadas a poner en venta su convento las monjas carmelitas de l’Encarnació. Por las mismas fechas, entre el 1869 y 1881, con el objetivo de reducir el número de establecimientos, las autoridades obligaron a unificar los conventos de Santa Margarida la Real de Barcelona y el de Mataró: las dos comunidades se reunieron en esta última ciudad, quedando libre el camino para derribar el del Raval y seguir edificando. Durante la Setmana Tràgica se incendiaron y abandonaron el convento cisterciense de Valldonzella y el convento de jerónimas de Sant Maties. Del primero queda el portal, en la calle Valldonzella, mientras que en el lugar del segundo se levanta la actual parroquia del Carme, en la calle Sant Antoni Abat.

De esta manera, en un espacio de setenta años, desde 1835 hasta la Setmana Tràgica, la Ciudad de los Conventos desapareció del mapa. En su actual configuración, el Raval, producto de las reformas de la burguesía industrial y de la decadencia de la misma, es un osario particularmente sutil. Los muros y las puertas de sus edificios religiosos fundacionales siguen asomando aquí y allí, mezclados con otras texturas y materiales. Auténticas construcciones fantasmagóricas, que entrando en el barrio por la ruta de Bonsuccés, Elisabets i Carrer dels Ángels asaltan los sentidos, piedras negras recicladas mil veces y cubiertas de símbolos místicos. Buscando el sentido del conjunto, la mente choca con un enigma. Hace mil años se empezó a levantar aquí una ciudad sagrada, donde los rezos, los himnos y las campanas resonaban a la luz de las antorchas y con el aullido de los lobos de fondo. Destruida en el siglo del progreso y las luces, de ella nos quedan grumos indescifrables, cicatrices quemadas, la Persistencia de las Piedras.