La piel del Raval está llena de cicatrices. Todas las plazas abiertas en su trazado urbano durante el siglo XIX, además de la zona conocida como l’Eixample del Raval, son el resultado de la destrucción progresiva en ese siglo de los conventos que constituían el centro de su vida urbana desde la Edad Media hasta el XVIII. No se puede entender la historia del Raval sin los conventos, ya que antes de la desamortización existían en su recinto treinta órdenes religiosas distintas (frente a ocho en el barrio de Sant Pere y doce en el resto de la ciudad). Una treintena de conventos, construidos en su mayoría entre los siglos XI y XVII, de los que hoy apenas quedan unos pocos fragmentos reciclados en forma de equipamientos institucionales.
Para entender por qué las órdenes de monjas y frailes poblaron el Raval hay que entender primero la naturaleza dual del lugar: parte de la ciudad pero al mismo tiempo fuera de la misma, extramuros hasta el siglo XV y sin urbanizar hasta finales del XVIII. Hay que pensar también que pese a quedar el Raval encerrado dentro de la Tercera Muralla –la que seguía el Carrer Tallers, rodeaba Sant Antoni y descendía hasta Santa Madrona–, la antigua muralla de las Ramblas subsistió hasta el XVIII.
La construcción de la Tercera Muralla no significó para el Raval una integración en la ciudad, sino al contrario. Se convirtió en el lugar donde se establecieron los establecimientos molestos para Barcelona. Acogió a los enfermos, los pobres y la prostitución marginal. Fundando una tradición que se extendería prácticamente hasta nuestros días, todo lo que no se quería en la ciudad era expulsado a poniente, al Raval. De esa manera fueron surgiendo allí la leprosería de Santa Margarida dels Mesells (1141), construida en el Raval para sacar a los leprosos de la ciudad; el Hospital del canonge Colom (1229), que se convertiría en el de la Santa Creu (1401), con su gigantesco manicomio; el asilo de pobres de la Casa de Misericòrdia (1583); la Casa de Caritat (finales del XVIII), lugar de acogida de mendigos, pobres y huérfanos. Y por fin el Casal d’Infants Orfes (1846) y la Casa de la Maternitat i Expòsits (1853), para los huérfanos y las madres solteras. Por no mencionar la prisión de mujeres del Carrer Egipcíaques y posteriormente la de la Plaça Reina Amalia.
Como es obvio, al adquirir la ciudad esa disposición dual, con su mitad freudianamente reprimida al oeste de la Rambla, la gente distinguida de la ciudad procuraba no pasar nunca por aquella zona, llena de cosas desagradables. Allí estaban también los patíbulos, las tabernas y las prostitutas, en una zona mayormente despoblada, compuesta de huertos y caminos. Los barceloneses de la Ribera (la ciudad al este de la muralla de Ramblas, o en otras palabras, el no-Raval) menospreciaban a los del Raval y los consideraban de condición inferior. A los riberenses nunca se les ocurriría irse a vivir al Raval.
Todo esto, por supuesto, no impidió que el Raval se terminara urbanizando, un proceso que tuvo lugar principalmente entre finales del XVIII y principios del XIX, a medida que los huertos se iban mudando fuera de la muralla, al Poble Sec y otras zonas de extramuros. Hasta ese momento, y desde la misma Edad Media, con las construcciones románicas de Sant Pau del Camp y Santa Margarida de Mesells, quienes se asentaron en el Raval fueron las órdenes religiosas. Se trataba de una verdadera Ciudad de Conventos. Las enormes Drassanes góticas eran prácticamente el único edificio laico de la zona, teniendo en cuenta que la Muy Ilustre Administración del Hospital de la Santa Creu se componía de dos canónigos de la Catedral y dos miembros del Consell de Cent. Y pese a que quedan pocos testimonios históricos de esto, el Raval fue una Ciudad de Conventos hasta hace muy poco. A principios del Siglo XIX todavía era un campo abierto lleno de huertos, alguna masía en los márgenes de los caminos y las rieras y sobre todo edificios religiosos.
La imagen de los conventos dentro del recinto amurallado le daba a la ciudad un aspecto monacal y tétrico. Josep Maria Poblet lo relata así: “La escasa iluminación pública ayudaba al recogimiento y los fanales solamente se mejoraban en fechas señaladas, siempre valiéndose de fogariles, unos fanales inaugurados un siglo antes, la víspera de Navidad de 1752. Así, la ciudad de las murallas al oscurecer, parecía un gran convento de clausura y cuando en una casa ponían cortinas negras en los balcones significaba que había habido alguna defunción. Como hemos visto, frailes, monjas y capellanes recorrían las calles, sobre todo por los lugares céntricos. Al divisarse tormenta, el tañir de las campanas la señalaba…”.
El barrio creció alrededor de los conventos y hospitales, aglutinándose alrededor de esos nodos de energía espiritual, creciendo alrededor de los centros de oración, estudio y caridad. La formación original de la zona, un entramado de caminos –en el eje norte-sur– y rieras –en el eje oeste-este–, dio paso a la Constelación de los Monasterios. En el mapa de la Barcelona de finales del periodo gótico, frente a la espesa retícula urbana de la Ribera, el Raval aparece vacío salvo por una decena de construcciones originales, de las cuales únicamente las Drassanes son de naturaleza laica. El Raval se desarrolla por tanto como conjunto de asentamientos religiosos. Centro espiritual de la ciudad, unido como un hermano siamés al centro político del otro lado de la Rambla. Es por eso que, cuando las desamortizaciones y la especulación con el suelo desmantelaron los monasterios durante el siglo XIX, el barrio no se transforma tanto como queda mutilado. Desde el punto de vista de la geografía psíquica, los edificios son derribados o reciclados, pero las líneas de fuerza permanecen.
Caminamos por el Raval moderno igual que moscas por un cuerpo mutilado. Ahora hay calles amplias y plazas, sol para los turistas y la Rambla del Raval. Pero lo que pisamos es tejido cicatrizado. Lechos de ríos perdidos. Igual que la fabulosa ciudad de templos megalíticos de Avebury, el lugar que pisamos era una ciudadela sagrada, una congregación de energías espirituales que no desaparecen. Están ahí, en los conventos convertidos en centros de arte. En las calles que todavía llevan el nombre de las órdenes que los poblaron y de los santos a los que veneraban.
Los grandes conventos medievales: Sant Pau del Camp
Los tres grandes conventos del Raval fundados en la Edad Media son el de Sant Pau del Camp, del que ya existe constancia a principios del siglo X; el del Carme de finales del siglo XIII y el de Sant Antoni Abat, de mediados del XV. En el Raval prácticamente despoblado del medievo, estos tres conventos eran los centros de la vida pública de la zona junto con las Drassanes y los hospitales de Mesells y de la Santa Creu.
El origen del monasterio de Sant Pau del Camp se pierde en la Antigüedad. En el siglo XVI se encontró en el monasterio la lápida sepulcral del conde Guifré Borrell, fallecido en 911. Eso ha hecho pensar que en aquel año debía existir un monasterio con suficiente entidad para que el conde de Barcelona se hiciera enterrar en él. La lápida todavía puede verse empotrada en el interior del templo, pero existen indicios de que el lugar es de una fecha muy anterior, como algunos restos funerarios romano-cristianos, así como dos capiteles merovingios en mármol blanco, aprovechados para el pórtico de la iglesia y pertenecientes acaso a los siglos VII-VIII. Hoy también sabemos que el emplazamiento de la iglesia es anterior a la época romana, y se corresponde con el emplazamiento de un pueblo y necrópolis neolíticos de la Edad del Bronce descubiertos durante las décadas de 1980 y 1990.
Hay diversos documentos benedictinos que atestiguan la presencia del monasterio durante los siglos X y XI, incluyendo la noticia de su destrucción a manos de los almorávides en el 1114. Tres años posterior es la lápida con los nombres de los cónyuges que restauraron el monasterio, Geribert Guitard y su segunda esposa Rotlendis, reconstrucción que termina el año 1127. El monasterio constaba de muchos edificios, de los que quedan pocos, aunque seguramente los más importantes: la iglesia con su claustro y la casa del abad, la primera convertida hoy en parroquia y la segunda en casa rectoral. La planta del templo es del siglo XII, aunque el pórtico con sus esculturas, columnas y tímpano, es del XIII. También es del XIII el claustro, cuyos muros están llenos de sepulcros de los antiguos protectores del monasterio. La casa del abad es del XIV.
Es cierto que Sant Pau del Camp no pasó nunca de ser un pequeño monasterio, sin demasiada vitalidad comparado con los del Carme o Sant Antoni Abad, pero cuenta con historias y peculiaridades fascinantes. Una de ellas fue la presencia de la urna con las reliquias de Sant Galderic, que llegaron en 1654 procedentes de Sant Martí del Canigó huyendo de la ocupación francesa, unas reliquias que en épocas de sequía eran llevadas en procesión hasta la catedral por su poder mágico para invocar las lluvias. Sant Galderic nació el año 820 en la aldea occitana de Vilavella, que hoy lleva su nombre, y está considerado protector de agricultores y de cosechas. Se lo representa iconográficamente acompañado de un par de bueyes arando y con un manojo de espigas de trigo. Tras su muerte en el 900, fue enterrado en el monasterio de Sant Martí del Canigó y canonizado por el Concilio de Carbona en el 990.
También estuvo en Sant Pau del Camp durante la Guerra de Sucesión el cuerpo de Santa Madrona, co-patrona de la ciudad, procedente de la capilla del mismo nombre de la montaña de Montjuïc. Posteriormente las reliquias estuvieron en varios lugares, Sant Agustí, Sant Jaume y la Catedral entre otros, hasta llegar a su iglesia titular, donde fueron destruidas durante la Setmana Tràgica.
El Convent del Carme
Los carmelitas se establecieron en Barcelona alrededor de 1292, en la misma época en que tuvieron que abandonar Palestina de forma definitiva y de forma casi simultánea a la fundación de los monasterios de Peralada (1293) y Girona (1295). Los terrenos para edificar su convento fueron elegidos fuera de las murallas, en el Raval, en el lugar conocido como Hort dels Lledoners. La zona se estaba empezando a edificar por entonces. Su llegada daría nombre al actual Carrer del Carme, que por entonces llevaba el nombre de Guillem Moneder, el antiguo dueño del enclave. Por el Carrer del Carme se accedía tanto al convento como a la iglesia, y la entrada principal estaba justo delante del Hospital de la Santa Creu, puerta con puerta. La iglesia y las dependencias conventuales, junto con su enorme huerto, llegaron a ocupar un extenso solar, limitado por las calles dels Àngels a poniente y del Carme a mediodía. El huerto llegaba hasta los jardines de las casas del carrer Xuclà por un lado y por otro a los jardines de la calle d’Elisabets. Hoy en día en aquel extenso solar parten formando una cruz las calles Doctor Dou y Pintor Fortuny.
No hay duda de que el siglo XIV fue el de la consolidación del convento, como lo demuestran dos hechos importantes de su primera época: la celebración de un capítulo general de toda la orden en 1324 y el que en 1333 se estableciera un Estudio General, así como el hecho de que en 1323 se alojara allí el rey Jaume II, en los últimos años de su vida, más o menos por la época en que conquistó Córcega para la Corona de Aragón.
La magnífica iglesia gótica del convento se iría construyendo durante el siglo XIV. Su construcción se suele atribuir al maestro Guillem Abiell, a quien también se atribuyen las iglesias parroquiales de Santa Maria del Pi y de Sant Jaume, así como la de Montsió y el Hospital de la Santa Creu. La iglesia, muy parecida a la de Santa Maria del Pi, tenía ábside poligonal y nave única de cinco tramos y otras tantas capillas de planta cuadrada entre los contrafuertes, todas con bóveda de crucería, como la nave y el presbiterio. El campanario sobresalía y se elevaba por encima de los edificios vecinos, y desde allí se divisaba perfectamente el mar. Los marineros desde sus barcos lo podían contemplar mientras se acercaban a Barcelona. Así arraigó la devoción de los hombres de mar por Nuestra Señora del Carmen, y cuando éstos vivían momentos de peligro hacían la promesa de ir de rodillas desde el puerto hasta el Convent del Carme si se salvaban.
Las dependencias del convento, de acuerdo con un plano que se conserva, estaban situados alrededor de dos grandes claustros. Uno era gótico, y se desconoce su fecha de construcción, aunque por el estilo debió de ser entre los siglos XIV y XV. Ese claustro gótico llegó a los tiempos de la exclaustración, y se conserva alguna muestra del mismo en museos. Parece ser que ya derribado el convento, este claustro antiguo se conservó durante una temporada en forma de glorieta en el Carrer Pintor Fortuny. El otro claustro, conocido como el Claustro Moderno, adosado a la iglesia, fue construido a finales del XVI y principios del XVII, la época de máximo esplendor del convento, en el lugar que ocupaba un edificio más antiguo, seguramente el primero que se construyó.
Sant Antoni Abat
El convento de Sant Antoni Abat se levantó a mediados del siglo XV, en pleno camino real, en el extremo más occidental de la ciudad, justo donde después estaría la puerta de la muralla y donde hoy todavía perdura el pórtico de la iglesia. En 1430 se fundó en ese emplazamiento una comunidad de Antonianos. Los Hermanos Hospitalarios de San Antonio o Antonianos fueron una congregación católica romana fundada hacia 1095, con el propósito de cuidar de aquellos que sufrían la enfermedad medieval, por entonces muy común, del Fuego de San Antonio. También llamada "fuego sagrado", "mal de los ardientes" o "fuego infernal", el nombre Fuego de San Antonio data del siglo XI, en que se fundaron los monasterios de la orden para atender a sus víctimas. Se trataba de una infección que fue epidémica en la Europa medieval, denominada ergotismo y causada por la ingestión de pan amasado con harina contaminada por el cornezuelo del centeno.
Desde el siglo IX al XIV y en menor grado hasta el siglo XI, se declararon epidemias de dicha enfermedad, cuyas consecuencias resultaban más temibles que las de la propia lepra. El fuego de San Antonio afectaba en la mayoría de los casos a los miembros. Los enfermos atormentados por dolores atroces lloraban en los templos y en las plazas públicas. La enfermedad les corroía los pies, las manos y la cara. Parecía que sus extremidades iban consumiéndose por un fuego interno, se tornaban negras, arrugadas y terminaban por desprenderse. La inmensa mayoría sobrevivía, quedando mutilados y deformados enormemente, a veces perdiendo los cuatro miembros. Para protegerse del Fuego de San Antonio, la gente rezaba, llevaba amuletos benditos e ingería infusiones de yerbas, pese a lo cual la enfermedad seguía arrasando vidas, lisiando y matando.
Hasta fines del siglo XVI, los enfermos peregrinaban a los hospitales de los Antonianos, donde recibían los cuidados de los frailes, que llevaban marcada como distintivo una Tav azul sobre el hombro de sus túnicas. Se trata de la última letra del alfabeto hebreo, que se corresponde con la Tau del alfabeto griego y también se conoce tradicionalmente como Cruz de San Antonio. Según algunas versiones, esa T simbolizaba las muletas que utilizaban quienes acudían en busca de sus cuidados.
En 1430 se inició la construcción del convento y hospital de Sant Antoni Abat del Raval, obra que se acabó en 1457. La iglesia tenía un atrio con tres arcos ojivales, mientras que el interior era de una nave con capillas laterales también cubiertas por bóvedas ojivales, de menor altura. La nave quedó destruida en la Guerra Civil, junto con el magnífico retablo de San Antonio, obra de Jaume Huguet. En el pórtico gótico de la iglesia de tres arcos ojivales, hoy convertido en un establecimiento comercial, todavía se puede observar esculpida en la piedra la letra Tau, símbolo de San Antonio, y los escudos de la ciudad, el de Alfons el Magnànim y su mujer María de Castilla.
Además de ser el lugar privilegiado por donde los visitantes ilustres entraban en la ciudad, como hizo el Papa Luna en 1409, era también el lugar donde los frailes celebraban cada año la festividad de San Antonio Abad, la antigua cabalgata medieval todavía hoy conocida como Els Tres Tombs. La tradición era, y todavía hoy es, bendecir ese día a los animales, sobre todo los caballos y las mulas, que, bien adornados por sus amos, pasaban tres veces por delante del pórtico de la iglesia. Els Tres Tombs tiene su origen en la tradición según la cual San Antonio Abad obró su milagro en Barcelona, porque el gobernador lo había hecho venir para curar a su hija. San Antonio estaba sentado en el portal de la casa donde se alojaba cuando se le acercaron unas cerdas heridas. El santo las bendijo y la curó, por lo cual se le considera el patrón de los animales. La ruta que seguían los caballos y sus jinetes pasaba por Sant Antoni Abat, subía a la muralla de tierra y proseguía por las calles de la Cera, Botella y Pedró y nuevamente llegaba a Sant Antoni Abat, hasta completar las tres vueltas.
El convento de Sant Antoni Abat fue desmantelado en 1803, fecha en que se prohibió acoger leprosos en la ciudad. Tres años más tarde el edificio sería cedido a los escolapios, que crearon la escuela más importante del Raval.
Otros conventos medievales del Raval
Monestir de Valldonzella y Priorat de Santa Maria de Natzaret, ambos cistercienses. El origen del monasterio de Valldonzella es la ermita de Santa Margarida, una pequeña iglesia románica situada en el valle boscoso de la sierra de Collserola. Posiblemente en el año 1147 ya existía allí una pequeña comunidad femenina, que en el año 1226 fue cedida a la orden del Císter, dependiente de Santes Creus, por el legendario obispo de Barcelona Berenguer de Palou, cruzado y aliado del rey Jaume I en sus conquistas. Es el 4 de noviembre de 1237 cuando se tiene constancia de la fundación del monasterio. La primera comunidad estaba formada por Berenguera de Cervera con once monjas.
Con motivo de la inseguridad del enclave original, en el año 1263 la comunidad obtuvo el permiso de Jaume I para trasladarse a Barcelona, en extramuros, al lugar conocido como la Creu Coberta, actual calle Valldonzella, hecho que se produjo en 1269. El traslado se hizo por creer que el monasterio estaba en un lugar solitario, peligroso y agreste. Este monasterio tuvo mucha importancia en los años siguientes y su comunidad fue ampliándose con la hijas de la nobleza ciudadana. Favorecido por el mismo Jaume I y sus sucesores, así como por los obispos de Barcelona, en el año 1308 contaba con treinta y cinco miembros. Como prueba de su prestigio en aquellos tiempos, en 1395 tuvo residencia en él el rey Joan el Caçador y en 1410 enfermó allí y murió Martí l’Humà, cuya viuda Margarida de Prades se retiró a él poco después. Durante la Guerra dels Segadors, las monjas abandonaron el monasterio, que quedó destruido en el asedio de Barcelona, y la comunidad pasó a vivir en 1674 al antiguo Priorat de Santa Maria de Natzaret, muy cerca de allí, que había desaparecido quince años antes. El priorat, cisterciense y dependiente de Santa Maria de Poblet, funcionaba desde el año 1312 cerca de la calle Valldonzella, donde hoy está el Centro Aragonés.
También del siglo XIV es el Convent de Montalegre de canónigas agustinianas, establecido en 1362 en el Raval, en el Barri dels Tallers, con monjas procedentes del priorato de Montalegre de Tiana. La comunidad se extinguió en el 1593. Poco después, en 1598, el lugar lo ocupó el seminario de Montalegre hasta el año 1770 y más tarde la Casa de la Caritat.
En 1453 se funda en la actual Plaça de la Gardunya el convento de monjas terciarias franciscanas de Santa Maria de Jerusalem, sobre la ruinas de un antiguo convento de dominicas construido en 1371 y abandonado desde hacía treinta años. La fundación se hizo por voluntad de Rafaela Pagès, natural de Sarriá, al regreso de su peregrinación a la ciudad de Jerusalén. En 1494 la comunidad de franciscanas adoptó la regla de santa Clara.
Veinte años antes, en 1475, se funda el Convent de Sant Maties, de Jerónimas, en la actual Plaça del Padró, aproximadamente donde está la Esglèsia del Carme. La tradición cuenta que en 1426, una joven noble barcelonesa, Brígida Terré, empezó una experiencia de vida comunitaria con otras tres jóvenes. A la muerte de Brígida, Catalina Ferré obtuvo del papa Sixto IV, el 19 de junio de 1475, permiso para fundar allí un monasterio de la Orden de San Jerónimo.
Conventos del Renacimiento y el Barroco
Durante los siglos XVI Y XVII, y hasta principios del XVIII, se fundan una veintena de conventos en el Raval. La importancia histórica de estos conventos renacentistas y barrocos es por lo general menor que la de los conventos medievales, aunque su numero formidable termina de conformar el paisaje del barrio durante el largo periodo de los Austrias. Aproximadamente media docena de estos conventos continúa en pie, transformado su uso, y puede visitarse. Por ejemplo, en la actual Plaça del Àngels, convertido en parte del complejo cultural municipal del MACBA-FAD, se pueden visitar algunas partes del Convent dels Àngels, convento de monjas dominicas construido el 1562-1568 en el lugar donde había anteriormente una ermita conocida como del Peu de la Creu. Concretamente la antigua iglesia del convento, situada en el Carrer dels Àngels 7, convertida desde 2006 en la sala de exposiciones Capella MACBA. El espacio incluye el templo del convento, construido la segunda mitad del siglo XV con formas góticas y que cuenta con la planta baja en cruz latina y el corazón en la planta superior y La Capella del Peu de la Creu, fechada en los años 1568-1569 y que constituye la única capilla de implantación renacentista en Barcelona.
Situado en la esquina de las calles Elisabets y Xuclá, y hoy desaparecido, estaba el Convent de Santa Elisabet, de monjas clarisas, fundado el 1564 a partir de un beaterio existente desde hacía diez años. Era, según testimonios históricos, un convento sencillo pero amplio y luminoso, con una iglesia también sencilla, de una sola nave con bóveda semicircular. El elemento más destacado del edificio era la fachada de sillares pulidos con pórtico de orden corintio. Desde el siglo XVI, el convento albergó una reliquia fabulosa, una sábana con la imagen de Cristo que según la crónica de la comunidad fue usada en una noche de tormenta por un peregrino que desapareció sin dejar más rastro que la sábana con la efigie milagrosa. La sábana sobrevivió la exclaustración y los distintos ataques anticlericales, y se conserva hoy en otra casa de la orden.
A pocos metros de allí, en la misma calle Elisabets, junto a la Casa de la Misericordia, se fundó en 1587 el colegio y convento de agustinos de Sant Guillem d’Aquitania. Las partes que continúan en pie del convento de Sant Guillem acogen hoy en día la Fundació CIDOB. Destacan los grandes ventanales de arco rebajado del edificio, mientras que la puerta de entrada de medio punto y el ojo de buey situado encima de ella, perfectamente visibles en la calle Elisabets, pertenecen a la fachada de la antigua iglesia del convento.
De la misma época, del 1593, es el colegio y convento de carmelitas de Sant Àngel, que estaba en la Rambla, para ser más precisos en la actual confluencia de la Rambla con Nou de la Rambla, delante de la Plaça Reial. Originalmente ocupó una casa noble remodelada, que se amplió en 1680. En 1599 se fundó en la esquina de Riera Alta con Carrer del Carme el convento de Santa Margarida la Reial, hoy desaparecido, a iniciativa de Àngela Margarida Serafina y con la ayuda de las clarisas de Santa Elisabet.
Del 1619 es el Convent de Santa Mònica, de agustinos descalzos, procedentes de la antigua capilla de Sant Bertran de Montjuïc, hoy todavía en pie en la Rambla y convertido en el Centre d’Art Santa Mònica. Del 1623 es el Convent de Jesús i Maria, de la orden de las mínimas, hoy desaparecido, que estaba en el lugar de la actual escuela Milà i Fontanals. También procedentes de Montjuïc, tras pasar por Sant Bertran y después por Santa Madrona, eran los frailes servitas del Convent del Bonsuccés, edificado entre el 1626 y 1635. Se encontraba en la actual Plaça de Vicenç Martorell, y del mismo se ha conservado una especie de torre de piedra del antiguo convento, de cinco plantas con una puerta decorada, que restaurada a finales de los cuarenta alberga la sede de la "tinença d'alcaldia", ahora consell de districte.
Entre 1633-1639 se levantó en la Rambla el convento de la Mare de Déu de la Bona Nova, de frailes trinitarios descalzos, justo delante de la Plaça dels Trinitaris, en el mismo solar donde más tarde se construiría el Teatre del Liceu. En 1649 se fundó el Convent de l’Encarnació, de monjas carmelitas, gracias a la voluntad de fray Martí Roman y a la aportación económica de Isabel Terré. El convento se levantó en el lugar de unas casas ruinosas con dos quintanas de tierra del Carrer Hospital, cerca de la Riera d’En Prim, entre las calles de la Cadena (actual Rambla del Raval), Bernardí Martorell y Sant Rafael. La ubicación se decidió también por su cercanía con el convento de carmelitas del Carme.
En 1668, en el actual Carrer de Sant Pau, se levantó el monasterio de dominicos de Sant Vicenç i Sant Ramon. De 1677 es la fundación del desaparecido convento de Santa Maria Egipcíaca, cerca de la esquina de las calles Riera Alta y Carme, posteriormente ocupado por las Capuchinas de Santa Margarida. La calle Egipcíaques, cuyo nombre recuerda el convento que estaba en ella, es una de las más antiguas de la zona y antes llevaba por nombre La Galera. En el siglo XVIII hubo allí la prisión de mujeres de vida ligera, regida por las monjas mínimas del convento de las Egipcíaques. La galera fue durante mucho tiempo un edificio nefasto, y corría la voz de que si una mujer tenía mal comportamiento, terminaría en ella. Para ingresar en las Egipcíaques había que confesar haber tenido malas costumbres y tener la intención de llevar una vida ejemplar como la de Santa María Egipcíaca, la prostituta que se convirtió en santa. Santa María Egipcíaca (Egipto, c. 345- Palestina, 421) fue prostituta en Alejandría desde una temprana edad. Su conversión tuvo lugar años después en Jerusalén, donde se le apareció la Virgen y como resultado de esa experiencia peregrinó al desierto de Judá, junto al río Jordán, y allí vivió durante cuarenta y siete años, rezando, meditando y haciendo penitencia. También cuenta la leyenda que allí le contó su historia a un monje, de donde viene el poema hagiográfico medieval Vida de María Egipcíaca (fines del s. XII-principios del s. XIII), traducción al primitivo aragonés de un original francés anterior.
Los Paúles, o misionistas, nombre con que son conocidos los capellanes de la Congregación de la Misión fundada en 1625 por San Vicente de Paúl, llegaron a Barcelona en 1704 y acto seguido se hicieron su residencia, que llamaron casa de Sant Sever, en la calle Tallers, de un Raval entonces en expansión.
El último monasterio en crearse en el Raval fue el llamado Convent de Sant Agustí Nou, en la calle Hospital casi al lado de la Rambla, con los agustinos calzados procedentes del convento de Sant Agustí Vell, situado en el Carrer Comerç y demolido en 1717 por orden de Felipe V para construir la Ciutadella. No fue hasta 1727 que los monjes de Sant Agustí Vell tomaron posesión del nuevo establecimiento, proyectado por Pere Bertran. La primera piedra del nuevo convento de Sant Agustí se puso 1728 y se inauguró en 1750. La fachada de la iglesia quedó inacabada, estado en que aún se encuentra. Tenía dos claustros, y la actual plaza de Sant Agustí formaba parte del convento, era un patio delantero de la iglesia.
Igual que el convento de agustinos de Comerç, muchos de los conventos del Raval sufrieron daños cuantiosos como resultado de los sitios de Barcelona de la Guerra de Sucesión, incluida la batalla final del 11 de Septiembre.
La destrucción del tejido conventual
La reforma de la Ciutat Vella en el siglo XIX se caracterizó por dos fenómenos: por un lado la expropiación estatal de solares de la Iglesia por medio de decretos gubernamentales de desamortización. Por otro lado, las grandes obras de apertura de nuevas vías crearon una dinámica económica propia, ya que requerían empresas capaces de financiarlas y realizarlas técnicamente. Los dos fenómenos fueron dos caras de una misma moneda, puesto que el objetivo básico de las medidas desamortizadoras era eliminar grandes superficies de terreno que no servían para dar dinero y crear riquezas. Los conventos eran bienes amortizados, de mano muerta, lo que significa que estaban en poder de comunidades que no las podían vender. Cuando fueron desamortizados por las leyes que promovió Mendizábal, entraron en el mercado de compra-venta. El suelo del Raval, estigmatizado durante tantos siglos, de repente se volvió rentable por su centralidad, y por tanto objeto de especulación. Sin embargo, había un obstáculo para el afán mercantil de la pujante burguesía: la Iglesia.
En el siglo XVIII, la Iglesia era la principal propietaria de terrenos dentro de la ciudad. Conventos, iglesias, cementerios y colegios religiosos ocupaban cerca de un veinte por ciento de la superficie urbana. En varios momentos políticos se habían hecho intentos de desamortizar todos esos inmuebles, pero fue Juan Álvarez Mendizábal, ministro de finanzas de España, quien promovió a partir de 1835 la venta pública masiva de bienes eclesiásticos. De esta manera consolidó lo que tímidamente habían intentado los franceses y los políticos del trienio constitucional. El proceso fue rápido, y aprovechó como es obvio el enorme sentimiento anticlerical de una parte de la población, así como las destrucciones masivas de edificios religiosos que ya se habían producido en la revuelta de julio de 1835. En ese mismo mes se decretó la supresión de los conventos y monasterios de menos de doce religiosos; el 11 de octubre se amplió el alcance de la medida, y el 3 de marzo de 1836 se extendió a casi todos los conventos y monasterios religiosos de varones. A continuación se suprimieron los conventos y monasterios de religiosas. Pese a que un poco más adelante se produjeron ciertas devoluciones al subir los moderados al poder, los decretos y leyes del periodo comprendido entre 1835 y 1843 comportaron prácticamente la desaparición de todos los conventos y monasterios de la ciudad, salvo los correspondientes a las órdenes dedicadas a la enseñanza y la beneficencia.
Los resultados de la desamortización fueron desiguales. En algunos casos los solares se convirtieron en espacios públicos, cosa que mejoró notablemente las condiciones de vida. Muchos conventos fueron convertidos en cuarteles o dependencias de la administración. En otros muchos casos, sin embargo, los terrenos fueron vendidos a manos privadas, urbanizados y edificados. Pese a que inicialmente la apropiación pública de conventos se asociaba a un programa de reconversión urbanística que debía destinar los solares a servicios, equipamientos y espacios públicos, las dificultades crónicas de la hacienda pública obligaron a privatizar gran parte de esas propiedades, que se convirtieron en fábricas o viviendas. En el Raval, las nuevas áreas urbanizadas generaron núcleos de fábricas en la zona de las calles Sant Pau, Hospital y Plaça de Padró, por un lado, y por otro en la zona de Tallers y Valldonzella.
Los grandes beneficiados del proceso, en última instancia, fueron la clase burguesa emergente, así como las constructoras y los políticos liberales. A partir de 1860, derribadas las murallas y aprobado el plan Cerdà, la ciudad empezó a crecer más allá del antiguo recinto amurallado. Había terreno de sobra para especular. Pero no por eso el interior del antiguo recinto dejó de ser un campo propicio para los negocios. Se empezaron a hacer reformas que traían nuevos solares al mercado inmobiliario y daban trabajo a las empresas de derribos, urbanización y construcción.
Debido al hecho de que la burguesía local nunca logró consumar una revolución burguesa propiamente dicha, el proceso desamortizador se perfiló como episodio clave de su ascenso político. Considerando el conjunto de la Ciutat Vella, es en este momento cuando la burguesía liberal levantó su ciudad triunfal, con la Rambla como epicentro. El Mercat de la Boqueria de Josep Mas i Vila, por ejemplo, solucionaba una necesidad funcional que era urgente en la ciudad, pero también lo hizo confiriéndole al nuevo mercado una arquitectura simbólicamente triunfal. Asimismo, el centro neurálgico de la nueva vida burguesa se ubicó en el antiguo solar dels Caputxins, que se transformó en la Plaça Reial (1847-8), y en el Gran Teatre del Liceu, construido en los mismos años sobre el Convent de la Bona Nova. El mismo proceso de transformación de centros religiosos en espacios burgueses tuvo lugar en otras partes de la ciudad, como el contiguo Convent de Framenors, que dio paso a la Plaça de Medinaceli, o la construcción del Pla de Palau al otro extremo de la Muralla de Mar. Otras operaciones de carácter estrictamente privado mostraron la misma tendencia hacia la rentabilización de los espacios más centrales y hacia la ocupación por parte de la burguesía de las antiguas áreas del clero y la aristocracia.
Los conventos que han dejado huellas
Buena parte de los edificios religiosos que se suprimieron en el XIX tenían poco valor arquitectónico, pero algunos eran joyas que fueron derribadas sin ningún tipo de sensibilidad. Preocupaba más el suelo como generador de movimientos de capitales privados que el patrimonio como riqueza colectiva. De los conventos históricos del Raval que no desaparecieron del todo, varios vieron como sus iglesias se convertían en parroquias, siguiendo un plan de reorganización parroquial hecho en 1835 o bien en etapas posteriores. Es el caso de Sant Pau del Camp, clausurado en 1836, cuyo templo se convirtió en parroquia, mientras que el resto de edificios pasó a propiedad pública. Se instaló sucesivamente una escuela y un cuartel. El claustro se pudo salvar y el 1896 se integró a la parroquia. También fueron desamortizados en 1836 Santa Mònica y Sant Agustí Nou. El primero, uno de los pocos que no fue quemado en 1835, se ha conservado íntegramente y hoy en día es el Centre D’Art Santa Mònica. Después de la desamortización, la iglesia se convirtió en la parroquia de Sant Josep. Quemada en 1937, ha sido reconstruida posteriormente. En cuanto a Sant Agustí, al decretarse la desamortización su iglesia se convirtió en la actual parroquia del mismo nombre. El convento fue demolido y a través de sus terrenos se abrió en 1859 una calle que se llamó Mendizábal, nombre que fue cambiado en 1942 por el de Junta de Comerç. En la biblioteca del convento se hizo el teatro Odeón, ya desaparecido, mientras que el resto fue comprado por la Sociedad Barcelonesa para la Fundición de Hierro y Construcción de Maquinaria. A partir de ahí se hizo el teatro Romea en 1863 y viviendas al lado.
El otro convento del Raval cuya iglesia de estilo neoclásico funciona hoy como parroquia es el de Sant Sever en Tallers. Los frailes gestionaron su venta a mediados del XIX y quedó definitivamente como hospital militar hasta que en los años cuarenta del S.XX se acabó haciendo el nuevo hospital de la Vall d'Hebron y el de la calle Tallers fue derribado. En su lugar se hizo la Plaça de Castella. La iglesia del convento, dedicada a Sant Sever, se respetó y una vez restaurada, se abrió al público en 1947.
El Convent dels Àngels sobrevivió como tal hasta el 1906, cuando se quemó en la Setmana Tràgica. Fue destinado a casa de corrección entre 1835 y 1846. La iglesia quedó cerrada hasta que en 1868 se convirtió en parroquia de Sant Antoni Abad y más tarde, vendida. Comprada por los Mateu, pusieron allí unos almacenes de hierro. Ahora ha sido restaurada e integrada al conjunto cultural municipal de la Plaça dels Àngels (MACBA,FAD, etc...). También sobrevive, restaurado, el Convent de Sant Àngel, aunque no el original del siglo XVI. En 1778 se abrió la calle Conde de Asalto (hoy Carrer Nou de la Rambla), que tenía que ser amplia y espaciosa, lo cual supuso la demolición de la iglesia y el convento. Con el dinero de la venta del solar, se hizo un nuevo edificio, entre 1786 y 1789. La iglesia, muy sencilla, de una nave y estilo grecorromano, daba a la Rambla. El convento y el claustro eran del mismo estilo. En 1835 los frailes se vieron obligados a abandonarlo definitivamente, pero el edificio fue respetado y pasó a manos de la Guardia Civil, de la policía y ahora de la Guardia Urbana.
Los conventos desaparecidos
Probablemente la pérdida arquitectónica más lamentable de todas las destrucciones de conventos fue la de la magnífica iglesia y convento del Carme, góticos, cuya demolición permitió el ensanchamiento de la calle dels Àngels y la apertura de las calles Doctor Dou y del Notariat y el trozo de calle del Pintor Fortuny, entre Xuclà y Els Àngels. Sin embargo, le quitaron al casco antiguo uno de sus monumentos arquitectónicos más interesantes. La iglesia gótica fue completamente destruida por los incendios anticlericales de julio de 1835. El convento también lo intentaron incendiar, pero sobrevivió a los disturbios y quedó en pie, abandonado. Tras ser desamortizado al año siguiente, se utilizó primero como cuartel. Más tarde se habilitó como universidad, donde se instalaron de forma provisional las facultades de Teología, Cánones y Leyes de la antigua Universitat de Cervera, hasta que la institución se trasladó en 1872. En 1874 empezó su demolición, que permitiría la apertura de la trama de calles nuevas y señoriales que se conoce como Eixample del Raval (la zona delimitada por el Carrer dels Àngels, Doctor Dou, Pintor Fortuny y Notariat, con sus calles amplias y sus casas señoriales). El pórtico gótico todavía se conserva en Sant Adrià de Besòs (Arc de Sant Adrià). 1875 es la fecha del derribo total y posterior urbanización del solar.
Los conventos de Sant Vicent i Sant Ramon y el de Sant Guillem d’Aquitània fueron exclaustrados en el 1835. El primero desapareció, mientras que del segundo se conserva una parte en la actual sede del CIDOB. El convento de la Mare de Déu de la Bona Nova fue desamortizado en 1836 y sirvió de cuartel hasta que en 1844 fue vendido a la sociedad Liceo Filarmonico de Isabel II, que lo derribó y construyó en 1845 el teatro del Liceu. En cuanto al Convent del Bonsuccés, desalojado en 1835, a partir de la desamortización se utilizó como dependencias militares. Durante la guerra civil fueron derribados el convento y la iglesia, cuyo solar es ahora la plaza de Vincenç Martorell. Sólo se ha conservado una especie de torre de piedra del antiguo convento, de cinco plantas y con una puerta decorada, que restaurada a finales de los cuarenta alberga la sede de la "tinença d'alcaldia", ahora consell de districte. Durante un tiempo también fue sede del Patronato Municipal de la Vivienda. Unida a esta torre se construyó a mediados de los cincuenta un edificio de cuarenta y ocho viviendas y quince tiendas, con bajos en porche, que ocupa tres lados de la plaza que en la misma época se urbanizó.
La exclaustración de Santa Maria de Jerusalem (1835) se prolongó hasta 1845, pero se respetó el inmueble.
En 1868 tuvo lugar la destrucción del convento, hecho que obligó a la comunidad a refugiarse en Pedralbes. El lugar quedó convertido en un solar. En 1885, los terrenos destinados al mercado de la Boqueria fueron ampliados con el solar que quedó tras el derribo del convent de Santa Maria de Jerusalem, y eso dio lugar a la actual plaza de la Gardunya. En la actualidad la plaza se ha convertido en un enorme parking de coches situado en la parte de atrás de la Boqueria. Ese mismo año de 1885, el claustro fue salvado y remontado en el Eixample (en la calle Muntaner, entre Córcega y Rosselló), en el actual colegio de Sant Miquel.
Las demoliciones continuaron a lo largo de la segunda mitad de siglo. Cuando en 1874 se procedió al derribo del vecino convento del Carme, por viejo y ruinoso, las monjas de Santa Elisabet aprovecharon para vender el antiguo establecimiento, hecho que se produjo el 1877. En el solar del Carme ya se estaban abriendo las calles nuevas de Doctor Dou y Pintor Fortuny, y los terrenos de Santa Elisabet ya estaban siendo invadidos de casas. El mismo año exactamente se vieron obligadas a poner en venta su convento las monjas carmelitas de l’Encarnació. Por las mismas fechas, entre el 1869 y 1881, con el objetivo de reducir el número de establecimientos, las autoridades obligaron a unificar los conventos de Santa Margarida la Real de Barcelona y el de Mataró: las dos comunidades se reunieron en esta última ciudad, quedando libre el camino para derribar el del Raval y seguir edificando. Durante la Setmana Tràgica se incendiaron y abandonaron el convento cisterciense de Valldonzella y el convento de jerónimas de Sant Maties. Del primero queda el portal, en la calle Valldonzella, mientras que en el lugar del segundo se levanta la actual parroquia del Carme, en la calle Sant Antoni Abat.
De esta manera, en un espacio de setenta años, desde 1835 hasta la Setmana Tràgica, la Ciudad de los Conventos desapareció del mapa. En su actual configuración, el Raval, producto de las reformas de la burguesía industrial y de la decadencia de la misma, es un osario particularmente sutil. Los muros y las puertas de sus edificios religiosos fundacionales siguen asomando aquí y allí, mezclados con otras texturas y materiales. Auténticas construcciones fantasmagóricas, que entrando en el barrio por la ruta de Bonsuccés, Elisabets i Carrer dels Ángels asaltan los sentidos, piedras negras recicladas mil veces y cubiertas de símbolos místicos. Buscando el sentido del conjunto, la mente choca con un enigma. Hace mil años se empezó a levantar aquí una ciudad sagrada, donde los rezos, los himnos y las campanas resonaban a la luz de las antorchas y con el aullido de los lobos de fondo. Destruida en el siglo del progreso y las luces, de ella nos quedan grumos indescifrables, cicatrices quemadas, la Persistencia de las Piedras.